Fecha de recepción: 28 de enero de 2026.

Fecha de aprobación: 22 de abril de 2026.

https://doi.org/10.35997/ntv54m57

 

la construcción de los modelos sexuales nomológico y del tiempo del fin

The Construction of Nomological Sexual Models and the Time of the End

Rafael Osvaldo Paredes[1]

Resumen:

La sexualidad fue dada por Dios al hombre en calidad de don y con el propósito de que este se relacionara y gozara con una mujer en el marco de un matrimonio monógamo, heterosexual y duradero. El pecado degradó todas las cosas, incluida la sexualidad. Lo que naturalmente había sido santo y digno se pervirtió y esta situación forzó a Dios a dictar normas para marcar los límites entre el bien y el mal, normas que son el sustento del modelo sexual nomológico. Hacia el fin de los tiempos, será imprescindible recuperar los elementos constitutivos del modelo sexual protológico para exponerlos a los jóvenes adventistas del siglo xxi que viven en medio de una sociedad relativista y permisiva. Para los jóvenes que no aceptan porque la Biblia lo dice como respuesta, la enseñanza basada en el amor, la obediencia y una equilibrada concepción del cuerpo será lo que podrá conducirlos hacia la restauración.

Palabras clave:  Sexualidad, Sexo y santidad, Sexo prematrimonial, Homosexualidad.

Abstract:

Sexuality was bestowed by God upon humankind as a gift, intended for the relationship and enjoyment between a man and a woman within the framework of a monogamous, heterosexual, and enduring marriage. Sin, however, degraded all things, including sexuality. What had originally been holy and dignified became corrupted, and this situation compelled God to establish norms to delineate the boundaries between good and evil, norms that constitute the foundation of the nomological sexual model. Toward the end of time, it will be essential to recover the constitutive elements of the protological sexual model in order to present them to twenty-first-century Adventist youth, who live within a relativistic and permissive society. For young people who do not accept “because the Bible says so” as a sufficient answer, teaching grounded in love, obedience, and a balanced conception of the body may serve as the path toward restoration.

Keywords: Sexuality, Sex and Holiness, Premarital Sex, Homosexuality.

INTRODUCCIÓN

La elaboración del concepto de sexualidad humana ha mostrado ser dinámica a través del tiempo. Desde la semana de la creación hasta el siglo xxi, la sociedad interpretó la sexualidad sobre la base del conjunto de premisas válidas en su tiempo y con ellas construyó modelos implícitos que reflejan el proceso de perversión de aquello que fue concedido como don perfecto.

Los capítulos 1 y 2 del Génesis registran los elementos descriptivos de la sexualidad en su estado de pureza y santidad,[2] y el fundamento para las relaciones heterosexuales.[3]

La discusión acerca de la sexualidad debe partir de la aceptación de que no fue el resultado de un accidente, sino la corona de la obra creadora de Dios.[4] Por lo tanto, la sexualidad no es mala ni perversa,[5] no es señal ni emblema de pecado,[6] al contrario, como todo lo que había sido creado era muy bueno (Gn 1,31)[7] y santo.[8] La diferenciación sexual no fue añadida a la naturaleza humana, sino que fue incluida como un componente esencial en ocasión de la creación de la humanidad.[9]

El contenido de Génesis 2,18 indica que la creación no había concluido porque el hombre estaba solo,[10] por lo tanto, incompleto,[11] pero Dios satisfizo la necesidad del hombre a través de un ser diferente a él, de iššāh,[12] la mujer.

La humanidad descubrió la profundidad del amor en virtud del cual cada ser forma parte del otro.[13] Los relatos de la creación del hombre (Gn 2,4-7) y de la mujer (Gn 2,18-23) dan origen a una situación de tensión que se resuelve a través del encuentro de ambos (Gn 2,24-25). La sexualidad no sería una abstracción sobre la cual espaciar los pensamientos. Sería el elemento que relacionaría a un hombre con una mujer de un modo más integral que cualquier otro. Desde esta perspectiva, el concepto de relación es el primero que surge al hablar de sexualidad[14] y ninguna otra relación se asemeja a la sexual, ni es capaz de lograr tal complementariedad, porque la relación sexual es única.[15]

Al carácter relacional se suma la condición de don con que fue concedida la sexualidad. Numerosos autores coinciden en que la sexualidad, fuente de gozo y responsabilidad, fue el regalo de Dios para Adán y Eva (Gn 1,28).[16] Dios creó al ser humano perfecto, con múltiples capacidades para subsistir y superarse, sin embargo, el sexo, además de colaborar con la subsistencia y la superación, serviría para que la primera pareja gozara como no lo haría a través de ninguna otra capacidad,[17] y para que desarrollara relaciones igualitarias y fecundas.[18]

Aquí termina la síntesis del modelo sexual protológico, relativo al ámbito de los orígenes y formulado a partir del contexto edénico, que sirve de introducción para los modelos siguientes.

La transformación del concepto de sexualidad a partir de Génesis 3 y la elaboración del modelo sexual nomológico

El relato de la caída expuesto en Génesis 3 da origen una concepción diferente de la sexualidad. Los capítulos precedentes, a continuación de cada acto creador, exponen una y otra vez que “Dios consideró que…era bueno” (Gn 1,4-31). No obstante, la entrada del pecado marcó el inicio de debates acerca de aquello que puede contaminar al hombre: los animales inmundos, los cadáveres y algunas prácticas sexuales.[19]

El objetivo de Dios para la sexualidad se mantuvo inalterable después del pecado: conducir al hombre y a la mujer a fundirse en un solo ser,[20] tal como se formula en el relato de los orígenes, en la condición previa al pecado (Gn 2,24). Como eco de dicho designio divino, el antiguo Israel no asumió una actitud puritana respecto al sexo, ni consideró la relación sexual como moralmente ambigua, por el contrario, visualizó la relación sexual matrimonial como un compromiso positivo.[21] Sin embargo, la sexualidad llegó a ser considerada un problema ético complejo, difícil de abordar.[22]

Muchas otras cosas sí cambiaron. El texto de Génesis 3,20 expone el inicio del proceso de deterioro. El hombre redujo el propósito del vínculo con su compañera a la procreación, la cosificó. El paradigma de igualdad y complementariedad establecido por Dios fue reemplazado por otro nutrido de desigualdad e instrumentalismo.[23]

La pérdida de la inclinación natural hacia el bien forzó el surgimiento de leyes, normas y mandamientos destinados a regular el uso de lo que había sido un don perfecto: la sexualidad. Dichas leyes, lejos de ser arbitrarias, fueron dadas por Dios para que la humanidad disfrutara de la vida,[24] para que avanzara hacia la libertad más plena de la que podría disfrutar un hombre pecador.[25] Los escritores de la Biblia registraron consejos útiles y pragmáticos a fin de ofrecer los fundamentos necesarios para motivar la obediencia.[26]

Miroslav Kiš destaca la importancia de las leyes dadas por Dios y los beneficios que produce la obediencia de estas:

Las normas bíblicas ayudan a las facultades humanas limitadas y pecaminosas al (a) proveer una declaración autorizada y absoluta de la voluntad de Dios; (b) ayudar a distinguir entre el bien y el mal; (c) presentar un carácter distintivo que se extiende por varios milenios y muchas culturas en las que las normas de Dios han dado resultados; (d) dar ejemplos que motivan, ilustran las consecuencias de conformidad o rebelión, indican la medida de compromiso requerido por una relación de amor con Dios y explican las razones para las normas; y (e) al articular un buen número de reglas de acción concretas.[27]

Así como “relación” y “don” son los atributos de la sexualidad sobre los que se construyó el modelo protológico; “depravación”, “transgresión” y “ley” serán los pilares sobre los que se desarrollará el modelo nomológico, es decir, aquel en el que la sexualidad es considerada desde la mediación de la ley.

Mandatos específicos contra la fornicación y el adulterio tuvieron como propósito recordar que “la satisfacción sexual encuentra su expresión legítima sólo dentro de los límites del matrimonio”.[28]

Los beneficios que reporta reconocer los límites trascienden el ámbito moral y alcanzan al de la salud. Las leyes contenidas en el Pentateuco prohibían el adulterio (Ex 20,14.17), las relaciones sexuales prematrimoniales (Ex 22,16), el bestialismo (Lv 18,23), el homosexualismo (Lv 18,22; 20,13), el incesto (Lv 18,6-18; Dt 27,20.22) y la prostitución (Dt 23,17-18). La observancia de dichas leyes hubiera puesto fin a la propagación de las enfermedades venéreas,[29] además de mantener a la humanidad alejada de cierto tipo de pecados.[30] 

Las prescripciones sexuales reveladas por Dios tenían por objeto conducir al pueblo hacia la santidad y la pureza, requisitos indispensables para relacionarse con un Dios santo y puro.[31]

Los Diez Mandamientos son esenciales para diseñar el modelo sexual nomológico. Son una fuente de soluciones prácticas que contienen principios aplicables a la vida cotidiana independientemente del tiempo y el lugar.[32] No son letra muerta, son espíritu y vida y capaces de conducir a los pensamientos del hombre hacia la sujeción a la voluntad de Dios.[33] A pesar del disgusto que la ley pueda producir en el hombre, representa la adaptación de los planes de Dios para una humanidad perdida que ha sido salvada.[34]

El Decálogo no incluye sanciones para cada conducta como se podría esperar de un manual, por lo tanto, su valor esencial radica en la exposición de principios y límites[35] que deberán ser analizados bajo la conducción del Espíritu Santo, a fin de decidir correctamente frente a cualquier dilema ético.[36] La ley fue dada al comienzo del éxodo, en el monte Sinaí, y reiterada 38 años después, en la frontera con Canaán. No fue parte del plan de Dios para una generación, sino para un pueblo[37] y para toda la humanidad,[38] a fin de que conocieran más plenamente el “carácter del legislador”.[39]

El texto de Éxodo 20,14 admite una interpretación sencilla: el adulterio es infidelidad matrimonial. Por lo tanto, el propósito del mandamiento es proteger el matrimonio. Desde esta perspectiva, el adulterio es un pecado sexual más grave que otros porque viola la confianza de los esposos y rompe el pacto hecho ante Dios.[40] Sin embargo, el sexo extramatrimonial no es la única forma de cometer adulterio.

El séptimo mandamiento abarca la globalidad de la sexualidad humana,[41] condena toda impureza, censura todo abuso de la potencia sexual y toda conducta que no tenga en cuenta el propósito original por el cual Dios concedió el don de la sexualidad al hombre.[42]

“El séptimo mandamiento expresa una ley fundamental de la vida”.[43] La sexualidad, según los israelitas, estaba vinculada tanto con el ámbito moral como con el espiritual,[44] pero también se relacionaba con lo social, pues, la prosperidad y la paz de la nación dependían, al menos parcialmente, de la disciplina sexual.[45]

Visto de ese modo, Dios, a través de este mandamiento, expresó que desaprobaba toda actividad sexual extramatrimonial y prematrimonial,[46] no porque el sexo fuera malo, sino porque fue dado por Dios para que fuese una poderosa fuerza para el bien.[47]

La historia bíblica da cuenta del poder que representa la sexualidad. Casos como los de Siquem con Dina y Sansón con Dalila (Gn 34,1-3; Jue 14-16) han contribuido al desarrollo de un carácter sospechoso del sexo,[48] mientras que, experiencias como la de José frente a la esposa de Potifar (Gn 39,7-20) ejemplifican que el sexo no es incontrolable.[49]

Otro texto esencial para el desarrollo del modelo sexual nomológico es el registrado en Levítico 18 y que forma parte de la Ley de Santidad (Lv 18-26).[50] El foco de este capítulo está colocado sobre el contraste entre la santidad y los pecados sexuales.[51] El pueblo de Israel, a diferencia de sus vecinos paganos, debía vivir una vida santa. Esta condición se fundamenta en las siete veces que se repite que no debía comportarse como los cananeos (vv. 3[2x], 24, 26, 27, 29, 30) y en las seis veces que se registra la frase “yo soy el Señor” (vv. 2, 4, 5, 6, 21, 30).[52]

El juicio es otro aspecto presente en Levítico 18. Según el texto, los que distorsionan el uso de la sexualidad se condenan a sí mismos y pierden el derecho a vivir y prosperar en la tierra.[53] La mayoría de los cristianos reconoce que las normas enunciadas en este capítulo están vigentes hoy.[54] El hombre puede pensar que la sociedad ha avanzado más allá de estas normas primitivas, sin embargo, Dios creó la sexualidad y estableció lo que era bueno y lo que era malo, y en consecuencia, el hombre no puede violar esas normas sin recibir a cambio confusión y destrucción.[55]

Entre otras conductas sexuales condenadas en Levítico 18 figuran las relaciones sexuales prematrimoniales y la homosexualidad. La condenación expresada en relación con la sexualidad prematrimonial, a la luz de las decisiones tomadas a partir de las experiencias de Dina (Gn 34) y Tamar (2 Sam 13), permite concluir que, según la legislación israelita (Ex 22,16; Dt 22,28-29), la intimidad sexual prematrimonial establecía el matrimonio que podía ser aprobado, ex post facto, por los padres.[56] El relacionamiento sexual no era un vínculo más, unía a un hombre y a una mujer para toda la vida.[57]

Aunque las normas dadas para legislar en los casos en que una mujer soltera tuviera relaciones sexuales no sean aplicables hoy al pie de la letra, la validez de los principios bíblicos se mantiene inmutable.[58] El relacionamiento sexual entre personas solteras es aún hoy una práctica contraria a la voluntad de Dios.[59]

La actitud de rechazo que Israel manifestaba respecto a las prácticas homosexuales era vista, por sus vecinos paganos, como una rareza.[60] Para el pueblo escogido, la homosexualidad era un pecado contra Dios, por ser considerada una variante de la idolatría, y contra el prójimo, por ser una expresión sexual anormal.[61] Sin embargo, la condenación no tuvo un origen ritual sino moral.[62]

Levítico 18,22 declara que los actos homosexuales constituyen una violación del orden divino para la vida y los califica de abominación (tôʿēbâ).[63] Abominación, término que expresa fuerte desaprobación, aparece cinco veces en el capítulo (vv. 22, 26, 27, 29, 30) a fin de manifestar que es una conducta detestable y aborrecida por Dios.[64]

Los dos relatos bíblicos que sugieren actividad homosexual están registrados en Génesis 19,1-11 y en Jueces 19,16-22. En ambos casos el texto destaca la maldad de los hombres involucrados en cada situación.[65] Sería un error, como algunos teólogos pretenden hacer, afirmar que la condena recae sobre la idolatría.[66]

Otro texto que merece ser considerado al desarrollar el modelo sexual nomológico es el de Deuteronomio 22,13-30. Cabe destacar que en este Código Deuteronómico, el derecho de familia es desarrollado más exhaustivamente que en el Código de la Alianza (Ex 22,15-16) y que su énfasis es puesto sobre las relaciones sexuales reprobables.[67]

El propósito principal de este capítulo fue orientar la creación de una sociedad moral, dentro de la que ciertas conductas sexuales fueran condenadas. Aunque el foco fue colocado sobre la castidad premarital de las mujeres, a fin de desarrollar una legislación social que abogara por el relacionamiento sexual únicamente dentro del matrimonio,[68] Deuteronomio se centra sobre la sociedad y la moral, más de lo que lo hacen Éxodo y Levítico.[69]

El texto permite establecer un vínculo entre la conducta sexual y la espiritualidad. Se podría decir que una idea clave que expone esta sección es que la justicia y la rectitud en las relaciones personales son fundamentales para mantener una relación satisfactoria con Dios.[70]

Los libros sapienciales también proponen preceptos destinados a orientar la sexualidad de una humanidad que ha pecado. El autor del Libro de Proverbios enseña que la satisfacción sexual debe ser buscada dentro de los límites del matrimonio (5,15-20) y advierte acerca del peligro que implica la impureza (7,6-27).[71] El lenguaje poético del libro expone que el destino de los depravados sexuales será la muerte (5,3-5; 7,27)[72] y sintetiza “lo sapiencial, lo ético y lo religioso: la necedad es pecado, pecado es entregarse a la necedad y necio cometer el pecado”.[73]

Finalmente, el Cantar de los Cantares, sin ser un libro normativo, expone que la relación sexual goza de la aprobación de Dios cuando es reservada y preservada por el hombre y la mujer hasta después del matrimonio.[74]

La situación compleja que provocó el pecado en el ámbito sexual y el camino de solución que planteó Dios podrían ser sintetizados a través del esquema trazado en la Figura 1:

Figura 1. Modelo nomológico de la sexualidad

Nota: Elaboración propia.

La figura precedente presenta una lectura nomológica de la sexualidad humana, en la que esta aparece como una creación de Dios pervertida a causa del pecado. Dicha perversión se manifiesta fundamentalmente en dos dinámicas: la cosificación de la persona y la desviación del sentido originario de la sexualidad. La cosificación conduce a relaciones marcadas por la desigualdad, mientras que la desviación se expresa en prácticas que el marco normativo bíblico considera transgresoras del orden querido por Dios, tales como el adulterio, la fornicación, la homosexualidad, el bestialismo y el incesto. En conjunto, el esquema muestra cómo, desde esta perspectiva, la sexualidad queda sometida a una lógica de transgresión y regulación legal.

La renovación del concepto de sexualidad

El concepto de sexualidad no quedó ajeno al relativismo que ha permeado cada aspecto de la sociedad. Por lo tanto, resulta imprescindible contar con un modelo que aporte recursos para orientar el ejercicio de la sexualidad, especialmente el de los jóvenes.

Este modelo sexual para el tiempo del fin no puede ser un modelo acabado sino uno en desarrollo. Debe ser un modelo que sirva para reflotar el propósito de Dios para la sexualidad humana.

Los elementos fundamentales de este modelo serán los principios que Dios reveló a fin de orientar el ejercicio de la sexualidad en el huerto del Edén. La manera de exponer dichos principios deberá estar desprovista del rigorismo y el dogmatismo característicos de otras épocas, y manifestar la razonabilidad y el carácter dialógico que exigen los jóvenes.

Con el propósito de ayudar a cumplir el objetivo planteado en el párrafo precedente, los principios bíblicos serán expuestos junto con algunos resultados obtenidos por el autor a través de dos trabajos de campo llevados a cabo con estudiantes adventistas de la Universidad Adventista del Plata e identificados como UAP2001 y UAP2012.

El 33,33 % de los sujetos que formaron parte de la muestra (804 jóvenes adventistas solteros) reconoció ser activo sexualmente (n=268). Esta realidad da origen a, por lo menos, dos interrogantes: (a) ¿qué pautas de educación sexual recibió el joven antes de que tuviera su primera relación sexual prematrimonial?; y (b) ¿por qué la influencia de la educación sexual impartida por la iglesia no fue suficientemente convincente como para que interrumpiera la actividad sexual?

La comparación entre las muestras UAP2001 y UAP2012 permitió observar que la proporción de alumnos adventistas activos sexualmente se incrementó un 48,59 % (de 22,43 % a 33,33 %). Se podría inferir que esto refleja una tendencia. Si la situación se mantuvo, y este será el tema de un estudio futuro, la proporción de jóvenes adventistas solteros activos sexualmente habría alcanzado ya el 50 %.

Algunos de los resultados obtenidos llaman a la reflexión. El 78,19 % de los sujetos que integraron la muestra UAP2012 expresó que la luna de miel representaba la ocasión apropiada para consumar la primera relación sexual. Cuando estos datos fueron analizados junto con la proporción de alumnos que reconoció ser activo sexualmente, además de verificar una relación estadísticamente significativa, se observó que el 11,52 % de los sujetos que manifestó estar de acuerdo con la castidad prematrimonial era activo sexualmente.

La observación conjunta de lo que los jóvenes creen y lo que viven revela: (a) la mayoría de los sujetos integrantes de la muestra manifestó conformidad respecto a lo que la ética sexual cristiana enseña acerca de la sexualidad prematrimonial; (b) la convicción moral no siempre se ve reflejada en la acción moral; y (c) la moral de algunos jóvenes ha sido afectada por el relativismo.

Como parte de los estudios mencionados se evaluó la proporción de alumnos que había tenido relaciones homosexuales. Esta parte del estudio mostró que el 5,43 % de los sujetos integrantes de la muestra UAP2012 había tenido relaciones homosexuales. El incremento del valor calculado para esta variable, en relación con la proporción observada en la muestra UAP2001 (3,74 %), resultó no ser estadísticamente significativo. No obstante, que la proporción haya aumentado un 45,19 % marca una tendencia que no debería ser pasada por alto. El modelo sexual promovido por la sociedad, según el cual la homosexualidad representa una opción sexual más, ha minado la percepción moral de algunos jóvenes adventistas y los ha conducido a adoptar un estilo de vida contrario a la voluntad de Dios.

La propuesta de hacer una valoración de la homosexualidad planteó un desafío a los sujetos integrantes de la muestra UAP2012. Era de esperar que algunos acotaran que se trataba de una conducta que ameritaba un juicio moral, sin embargo, nadie lo hizo. El 65,86 % de los sujetos opinaron que la homosexualidad era un desorden mental o de carácter.

El estudio de las variables diseñadas para observar el conocimiento que los jóvenes tenían acerca de textos de la Biblia y de Ellen G. White vinculados con la conducta sexual mostró, una vez más, la necesidad de trabajar con aspectos cognitivos y actitudinales relacionados con la sexualidad. Los principales indicadores de alarma fueron: (a) solo el 59,34 % de los sujetos encuestados expresó conocer lo que la Biblia enseña acerca del sexo; (b) el 75,16 % no se sintió responsable por conocer la doctrina bíblica acerca de la sexualidad y, en cambio, depositó esa responsabilidad sobre padres o líderes; y (c) el 78,44 % responsabilizó a la familia por la decadencia moral que sufre la juventud.

Algunos de los interrogantes que plantean los resultados expuestos son: (a) ¿qué estrategias habría que aplicar para que una proporción mayor de jóvenes llegara a conocer lo que Dios reveló acerca de la sexualidad?; (b) ¿qué se podría hacer para que los jóvenes asuman la responsabilidad de conocer el plan de Dios para la sexualidad y vivir conforme a él?; y (c) ¿de qué manera se podría mostrar que la voluntad de Dios para sus hijos es la mejor? 

Mediante la sistematización de opiniones recogidas en diálogos personales con jóvenes adventistas respecto al por qué se involucran en relaciones prematrimoniales, se logró la siguiente síntesis: (a) influencia de los medios de comunicación masiva; (b) presión del grupo de pares; (c) carencia de límites durante el noviazgo; (d) permisividad paterna; (e) racionalización de los actos; y (f) carencia de conciencia moral.

El mismo grupo que aportó las opiniones expuestas en el párrafo precedente expresó que el rechazo que tantos jóvenes manifiestan en relación con las enseñanzas que la Iglesia Adventista imparte acerca de la abstinencia sexual antes del matrimonio se debe a que: (a) en la iglesia se habla poco acerca del tema; (b) las opiniones de la sociedad son más atractivas; (c) las ideas de la iglesia están pasadas de moda; (d) los jóvenes no aceptan como explicación un simple “porque no”; (e) se hallan distanciados de Dios; y (f) el relativismo que caracteriza a la sociedad afectó el razonamiento de algunos jóvenes.

Cada dato sirve para reforzar la idea de que el modo como decidamos exponer los principios esenciales del plan divino para la sexualidad deberá estar anclado en la situación que una proporción de jóvenes adventistas vive en relación con su sexualidad y las necesidades que dicha condición origina.

Según la opinión de una buena parte de la sociedad y de algunos teólogos, los principios bíblicos acerca de moral sexual son irrelevantes en la actualidad, no obstante, otros sostienen su vigencia. Gane y Van Dolson afirman que los preceptos que la Biblia propone son válidos y adecuados para orientar la conducta del hombre en todas las áreas de su vida, incluida la sexualidad, y útiles para guiar la toma de decisiones.[75] Juan Pablo ii reconoció que los modelos de pensamiento expuestos en el texto bíblico reflejan la influencia de diferentes épocas y culturas, y que la sociedad actual es incomparable con la de los tiempos bíblicos, sin embargo, destacó que la coherencia que distingue a toda la Biblia la hace aplicable aún hoy.[76]

La autoridad de la Biblia sustenta al modelo sexual del tiempo del fin, pero, los principios que contiene no debieran ser impuestos sin dar lugar al diálogo, al análisis y a la evaluación. Dietmar Mieth admitió que el mundo ha cambiado radicalmente desde los tiempos bíblicos y que en la actualidad casi nadie aceptaría como razón válida para modificar la conducta sexual un: “porque la Biblia lo dice”.[77]

La iglesia tiene la responsabilidad de declarar que una conducta es mala, pero también debe explicar el porqué. Cuando se explican los fundamentos subyacentes a la condenación, disminuye la posibilidad de causar angustia en aquellos que sienten una inclinación “casi” irresistible hacia un tipo de pecado sexual. Esta opinión no pretende rebajar las normas sino tornarlas claras, razonables y compasivas.[78]

Las conductas sexuales que no soporten el filtro del modelo sexual protológico deberán ser consideradas tan pecaminosas hoy como en el Edén. Además, el principio de pureza sexual enunciado por Pablo (1 Cor 6,15-20) sigue vigente en la actualidad e invita al cristiano a abstenerse de toda forma de impureza, independientemente de la aceptación cultural de que pueda gozar.[79] La Biblia condena la fornicación, por tanto, los cristianos verdaderos, aun en el siglo xxi, debieran decidir ser fieles a la voluntad divina expresada a través de su Palabra.[80]

Las prácticas homosexuales son desaprobadas por Dios porque contrarían el propósito original de la sexualidad.[81] Las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo “producen una seria distorsión de la imagen de Dios, tanto en los hombres como en las mujeres”.[82] La iglesia debe amar incondicionalmente a los homosexuales, sin embargo, nunca podrá afirmar que la práctica homosexual constituye una alternativa frente a la que Dios permanece indiferente.[83] La comunidad de los creyentes deberá elaborar normas justas tanto para heterosexuales como para homosexuales. El precepto general expresará que la persona soltera debe practicar la abstinencia sexual; en particular, el heterosexual podrá ser activo sexualmente después de contraer matrimonio y satisfará sus deseos sexuales, mientras que, el homosexual solo podrá vivir soltero y en continencia.[84]

Conclusión

La crisis moral representa un llamado a promover un modelo según el cual, las relaciones sexuales son un don divino para ser gozado en un matrimonio monógamo, heterosexual y duradero.[85]

El objetivo debiera ser, por un lado, fortalecer a los jóvenes que han vivido conforme a las normas de moral sexual enseñadas por la iglesia para que continúen así hasta el matrimonio y, por el otro, ayudar a renovar la conducta a aquellos que han adoptado una contraria a la voluntad de Dios.

Para la consecución de los objetivos mencionados será necesario trabajar sobre la base de una conceptualización clara de valores tales como el amor y la obediencia. El amor, además de estar vinculado con aspectos emocionales de la personalidad, es una fuerza que promueve la transformación de lo que la persona piensa, habla y hace. El amor por Cristo motivará a las personas a evitar cualquier conducta que pudiera herir a su Maestro, o bien, las fortalecerá a fin de decidir abandonar un estilo de vida inmoral para adoptar otro conforme a la voluntad de Dios.[86]

La obediencia debiera ser la respuesta de amor a Dios y el objetivo de vida de cada cristiano. Cuando la obediencia se sustenta en el amor y la gratitud, “la conducta cristiana trasciende el impulso humano natural por la auto preservación, la egolatría y el anhelo por la autonomía absoluta personal”.[87] De este modo, la obediencia, lejos de ser una respuesta intelectual a la ley, llegará a ser una evidencia genuina de la fe.[88]

Junto con los conceptos de amor y obediencia, el concepto de cuerpo deberá ser correctamente comprendido a fin de que llegue a ser un moderador de la conducta. El joven deberá discernir que una conducta sexual fiel a las enseñanzas bíblicas le ayudará a proteger su cuerpo, el lugar donde habita el Espíritu Santo, y la mente, el centro de control del cuerpo.[89]

Los que tienen a su cargo la formación académica y espiritual de los jóvenes deben tener presente que “la virtud, es en realidad un hábito”. Una experiencia moral es algo que se aprende y se construye en contra de las tendencias heredadas y adquiridas.[90] El propósito de los esfuerzos debiera ser imitar a Cristo, día tras día, hasta que las características del modelo divino hayan sido internalizadas por el discípulo.[91]

Finalmente, el proceso de restauración de la conducta sexual no podrá tener otro origen que el de la relación con Dios. Las decisiones morales que cualquier persona tome serán la prolongación del modo como comprenda a Dios y a la relación que mantenga con él.[92] Desde esta perspectiva, resulta necesario volver al modelo protológico de la sexualidad humana, que permite comprender su sentido originario y su vocación plena.

La Figura 2 sintetiza los elementos constitutivos del modelo sexual del tiempo del fin.

 

Nota: Elaboración propia.

Este diagrama nos devuelve a una lectura protológica de la sexualidad humana, articulada en dos niveles complementarios. Desde el plano conceptual, la sexualidad es comprendida como una digna creación de Dios, caracterizada por su dimensión relacional y su condición de don, cuyo culmen se expresa tanto en el amor como en el clímax de la comunicación humana y en la experiencia del placer avalado por Dios. Desde el plano operacional, esta comprensión se traduce en una praxis orientada por conceptos subyacentes como el amor, la obediencia y la valoración positiva del cuerpo, mediante los cuales se regula y encarna concretamente el sentido originario de la sexualidad. En conjunto, el esquema muestra una visión integradora de la sexualidad humana, fundada en el designio creador y orientada a su realización plena en el amor y la comunión.

 



[1].  Doctor en Teología. Universidad Adventista del Plata, Argentina. Correo contacto principal: rafael.paredes@uap.edu.ar. ORCID: https://orcid.org/0009-0001-6880-9071.

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[39].  Ryken, Escrito en piedra, 14.

 

[40].  Bacchiocchi, “Una perspectiva cristiana del sexo”, 11; Evangelical Lutheran Church in America, “A Social Statement on Human Sexuality”, 8; Reifler, A ética dos Dez Mandamentos, 162; Ryken, Escrito en piedra, 154.

 

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[63].  Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Creencias de los Adventistas, 2:346; Buis, El Levítico, 23; Departamento de Comunicación de la Asociación General - División Sudamericana de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, “La conducta sexual”, 117; Daniel J. Harrington y James F. Keenan, Jesus and Virtue Ethics: Building Bridges Between New Testament Studies and Moral Theology (Rowman & Littlefield Publishers, 2005), 166; Kiš, “Estilo de vida”, 787; Kubo, Theology & Ethics of Sex, 74, 75; Alejandra Montamat, “Apuntes sobre homosexualidad 2o parte”, 2016; Ross, Holiness to the Lord, 375; Marciano Vidal, Moral cristiana: en tiempos de relativismos y fundamentalismos (San Pablo, 2010), 105; Charles Wittschiebe, Os dois lados do sexo (Casa Publicadora Brasileira, 2001), 142.

 

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[80].  Wittschiebe, Dios inventó el sexo, 210.

 

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[86].  Gane y Van Dolson, En esto creemos, 209.

 

[87].  Kiš, “Estilo de vida”, 770.

 

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[90].  Pereyra-Suárez, Escalemos la cumbre, 29.

 

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[92].  Klaus Demmer, Introducción a la teología moral (Verbo Divino, 1994), 87.