Fecha de recepción: 01 de septiembre de 2025.
Fecha de aprobación: 14 de abril de 2026.
https://doi.org/10.35997/k5kf1s02
La salvación en
el adventismo: tensión histórica entre gracia y obediencia
Salvation in Adventism: the
Historical Tension Between Grace and Obedience
Ney Julián Devis Arias[1]
Resumen
Este artículo
analiza la soteriología adventista como una síntesis entre la herencia de la
Reforma, especialmente las tradiciones luterana y arminiano-wesleyana,
y su particular cosmovisión escatológica. A través de un enfoque
histórico-teológico y fenomenológico, se examinan las tensiones entre el
carácter inmerecido de la justificación, la santificación progresiva y el papel
de la ley divina. El estudio utiliza datos de la praxis pastoral contemporánea
para ilustrar cómo estas doctrinas moldean la identidad y la experiencia del
creyente. Se concluye que la originalidad adventista reside en articular la
salvación como un peregrinaje de gracia que, sin caer en el legalismo,
responsabiliza al individuo en su anticipación del regreso de Cristo.
Palabras clave: salvación,
adventismo, justificación, santificación, reforma protestante, escatología.
Abstract
This article
analyzes Adventist soteriology as a synthesis between the heritage of the
Reformation, specifically the Lutheran and Arminian-Wesleyan traditions, and
its unique eschatological worldview. Through a historical-theological and
phenomenological approach, it examines the tensions between the unmerited
nature of justification, progressive sanctification, and the role of divine law.
The study uses data from contemporary pastoral praxis to illustrate how these
doctrines shape the identity and experience of the believer. It concludes that
Adventist originality lies in articulating salvation as a pilgrimage of grace
that, without falling into legalism, empowers the individual in anticipation of
Christ’s return.
Keywords: salvation,
Adventism, justification, sanctification, Protestant Reformation, eschatology.
INTRODUCCIÓN
La teología
de la salvación en el adventismo del séptimo día ofrece una síntesis peculiar
dentro del protestantismo. Lejos de ser un sistema doctrinal estático, su
comprensión de la redención se forjó en el crisol de la expectativa
escatológica del siglo XIX. Sin embargo, para comprender esta visión, es
imperativo reconocer que el adventismo no nace en el vacío; su arquitectura
espiritual descansa sobre los cimientos de la Reforma: la confianza radical en
la gracia de Martín Lutero, la soberanía divina de Juan Calvino y, muy
especialmente, la libertad de respuesta humana subrayada por Jacobo Arminio y
John Wesley, es decir, la tradición arminiano-wesleyana.
Este marco, definido por la inminencia del regreso
de Cristo, produjo una soteriología que articula de manera inextricable la
justificación por la fe con un llamado tangible a la santidad práctica. Lo que
está en el corazón de esta exploración es una tensión que, lejos de ser un
problema, resulta ser profundamente creativa: ¿cómo una tradición que profesa
radicalmente la gracia divina el sola gratia reformado desarrolla
simultáneamente una eclesiología y una ética con un marcado acento en la
obediencia y la preparación escatológica? Esta pregunta no es meramente
abstracta. Resuena en la vida de las comunidades adventistas, donde los
creyentes negocian diariamente la seguridad de la salvación con la urgencia del
discipulado.
Para desentrañar esta complejidad, este artículo se
organiza en tres movimientos. Primero, se rastrean los orígenes históricos y la
genealogía teológica de esta tensión, situando el Gran Chasco de 1844 no como
un mero evento aislado, sino como el catalizador que impulsó una articulación
singular de la herencia protestante, anclando la salvación en un contexto
escatológico único. Segundo, se examina la arquitectura doctrinal resultante,
analizando cómo los pioneros y teólogos fundacionales entrelazaron
justificación y santificación para evitar tanto el antinomianismo
como el legalismo. Finalmente, se evalúa la encarnación contemporánea de estas
doctrinas a través de una mirada fenomenológica a la experiencia del creyente,
interrogando su relevancia frente a los desafíos espirituales del presente.
Este ejercicio, por tanto, es más que una
descripción histórica. Es un esfuerzo por demostrar cómo el adventismo,[2] a través
de sus luchas teológicas distintivas, contribuye al diálogo teológico al
proponer una síntesis entre conceptos que a menudo se presentan en tensión: el
carácter inmerecido de la gracia y la respuesta transformadora del ser humano,
el "ya" pero "todavía no"[3]
del reino de Dios.
Antecedentes históricos y teológicos
En armonía
con Bauer, la discusión en torno a la salvación ha marcado el desarrollo del
cristianismo desde sus primeros días.[4]
Ya en la era apostólica se manifestaron tensiones teológicas fundamentales,
como lo demuestra el conflicto registrado en Hechos 15 respecto a la
circuncisión de los gentiles. Frente a esta disyuntiva, los apóstoles con Pablo
a la cabeza establecieron un principio que resonaría siglos después: la
justificación viene por la fe, no de la observancia de obras rituales.
Sin embargo, lejos de resolverse definitivamente,
esa misma tensión entre gracia y requisitos legales acompañó al cristianismo a
lo largo de su historia; atravesó la patrística y se reavivó en los debates
medievales hasta estallar en la Reforma protestante. Cuando Martín Lutero
redescubrió que la justicia de Dios es un regalo recibido únicamente por la fe
(sola fide), liberó la conciencia europea de un sistema de méritos
asfixiante.[5] Este
impulso liberador encontró su anclaje sistemático en la obra de Juan Calvino,
quien profundizó en la soberanía divina como fundamento de la salvación,
estableciendo que la justicia del creyente es un beneficio puramente externo e
imputado.[6]
Si bien el adventismo no adoptó la vertiente
determinista de la doble predestinación, conservó la huella de esta tradición
al sostener que la redención es una obra monergista
en su origen divino.[7] Esta
herencia reformada se trasladó a los círculos teológicos del Nuevo Mundo,
especialmente a Estados Unidos, donde alimentó un ambiente de intensa
expectativa y responsabilidad personal durante el Segundo Gran Despertar. Este
período de avivamiento, donde la santidad de vida y la preparación escatológica
cobraron una urgencia sin precedentes, llegó a su clímax en 1844 bajo el
liderazgo de William Miller.[8]
Aquella tensión entre gracia y requisitos legales
nunca del todo resuelta reapareció de manera sorprendente en el surgimiento del
adventismo del séptimo día. Figuras como Joseph Bates, James White, J. N.
Andrews,[9] E.
Haskell, O. Crosier, Elena G. de White,[10]
provenían de este entorno de avivamiento. El Chasco del 22 de octubre de 1844
dejó una herida espiritual, pero también generó una crisis teológica creativa.
Lejos de inventar un nuevo evangelio, los pioneros adventistas fueron motivados
a la investigación bíblica[11] y,
nutridos por la noción wesleyana de la "gracia
preveniente",[12] que
restaura la capacidad de elección del individuo, lograron una síntesis
original: la sola fide no anula la responsabilidad ética, sino
que la transforma en la respuesta natural de una voluntad capacitada por el
Espíritu.[13]
Fue entonces cuando la identidad adventista terminó
de perfilarse al integrar los matices de la tradición arminiano-wesleyana:
si Lutero y Calvino establecieron la base de la justicia externa, el arminianismo aportó el equilibrio necesario al insistir en
que la gracia es universal y que el ser humano, aunque caído, conserva la
capacidad de responder libremente al llamado divino. De este modo, reubicaron
la justificación por la fe de la Reforma dentro del marco del santuario
celestial[14] y el
juicio investigador.[15]
Para la fe adventista, la salvación es el hilo
conductor de toda la revelación bíblica; no es un dogma aislado, sino la clave
hermenéutica que otorga coherencia a las demás creencias.[16]
Esta comprensión se fundamenta en cuatro pilares: la experiencia millerita y su
esperanza escatológica; el marco paulino de la justificación; la influencia de
Elena G. de White; y el legado de los pioneros que consolidaron la salvación
como un don inmerecido que conduce inevitablemente a una vida transformada. En
última instancia, esta convergencia define la salvación no como una simple
transacción legal, sino como un proceso integral, justificación, santificación
y glorificación, vivido bajo la luz de la inminente esperanza del regreso de
Cristo.
La justificación por la fe
La doctrina
de la justificación por la fe no es solo un enunciado legal; es la columna
vertebral de la identidad adventista, forjada tanto en el estudio bíblico como
en las crisis de su propia historia. Aunque el movimiento heredó el concepto de
la justificación gratuita de la Reforma luterana, para mediados del siglo XIX
la comunidad enfrentó el peligro de deslizarse hacia un perfeccionismo rígido.
Fue un tiempo donde la ley parecía una meta inalcanzable más que una guía
amorosa.
Ya en los años 1850-1860 se advertían dos tendencias
entre los pioneros: una, cercana al legalismo, con figuras como Joseph Bates y
Stephen Pearce, que vinculaban la justicia al cumplimiento de la ley en
términos semejantes al antiguo pacto; y otra, representada por J. N. Andrews,
James White y J. H. Waggoner, que afirmaba la justicia por la fe como
fundamento del evangelio. Historiadores como Arthur Spalding señalan que,
aunque los pioneros creían en la gracia expiatoria como único medio de
salvación, la doctrina se daba por sentada y no se enfatizaba, lo que permitió
que el foco se desplazara hacia el cumplimiento del sábado y los mandamientos,
derivando en un marcado legalismo.[17]
Sin embargo, el año 1888 marcó un "segundo
nacimiento"[18]para la
teología adventista. En la asamblea de Mineápolis, se produjo un clímax
teológico donde se redescubrió que la gracia no es un suplemento, sino el
fundamento absoluto del evangelio. Figuras como Waggoner y Jones, apoyados por
Elena G. de White,[19]
recordaron a la iglesia que los desacuerdos doctrinales suelen ser síntomas de
haber perdido de vista a Jesús como el único Salvador. El trasfondo de la ley
en Gálatas, objeto de tantas controversias, mostró con claridad que la ley
cumple un papel pedagógico y moral, pero que no puede salvar; su propósito es
conducir a Cristo (Gl 2:16).
El cambio teológico vivido entre 1888 y comienzos
del siglo XX consolidó la convicción adventista de que la salvación es por
gracia mediante la fe en Jesucristo, y que la obediencia es fruto de esa fe. En
ese marco, textos como Romanos 3:28 y Efesios 2:8-9 se interpretan como
afirmaciones contundentes del carácter inmerecido de la salvación. No obstante,
la tradición adventista insiste en que la fe verdadera siempre produce frutos
visibles: obediencia y una vida transformada.[20]
Al dialogar con textos como Santiago 2:24, el adventismo sostiene que las obras
no invalidan la fe, sino que la complementan y demuestran su validez al cuidar
al necesitado y reflejar el carácter divino. La obediencia, entonces, no es
condición para obtener la gracia, sino evidencia de que esta ha echado raíces
en el corazón.
De manera particular, la teología adventista ve en
Jesucristo el centro del proceso de justificación a través de cuatro
dimensiones vitales: en primer lugar, la mediación, por la cual Él es quien
reconcilia a la humanidad con un Dios santo y justo (Ro 5:1); en segundo lugar,
la expiación, mediante su muerte en la cruz, cargó con el peso de los pecados y
abrió un camino de expiación que satisface la justicia divina;[21] en tercer
lugar, el juicio investigador, pues como Sumo Sacerdote intercede en el Lugar
Santísimo, ofreciendo su sacrificio como base de la justificación para quienes
aceptan sus beneficios;[22] y,
finalmente, la relación, ya que la justificación implica aceptar a Cristo como
Salvador personal, reconociendo que solo su gracia puede hacer santo al ser
humano.[23]
Así, para los adventistas, la justificación por la
fe no es un tema abstracto, sino una experiencia viva que define su relación
con Dios. En su núcleo late una tensión que todavía acompaña a la iglesia: cómo
afirmar con fuerza que la salvación es un don gratuito y, al mismo tiempo,
reconocer la relevancia de la obediencia. Esa tensión, lejos de ser una
contradicción, constituye un espacio de crecimiento espiritual donde la gracia
y la fidelidad se entrelazan en la vida del creyente que busca reflejar la
justicia de Cristo en medio de la fragilidad humana.
La santificación como proceso continuo
En la
tradición teológica cristiana, y de manera distintiva en el adventismo, la
distinción entre justificación y santificación ha sido un tema medular. Si la
justificación es el regalo que nos da el derecho al cielo, la santificación es
el proceso que nos hace idóneos para él.[24]
Esta visión hereda la noción de "santidad social" y "perfección
cristiana" de John Wesley,[25] quien
entendía la vida espiritual no como un evento estático, sino como un caminar
progresivo de transformación a la imagen de Cristo.[26]
Como afirma Canale, “la santificación significa que
la vida cristiana es diferente, separada del mundo”.[27]
No es un estado alcanzado de una vez por todas, sino una experiencia donde Dios
moldea el carácter y despierta virtudes como el amor y la humildad. Sin embargo,
la espiritualidad adventista subraya que este proceso es cooperativo. Elena G.
de White lo expresa con claridad: “La santificación no es una obra instantánea
sino progresiva, así como la obediencia es continua”.[28]
Aquí surge la tensión que define la identidad adventista: ¿cómo equilibrar la
confianza plena en la gracia con el llamado a una vida de obediencia radical?
Una mirada fenomenológica a la experiencia de fe
Esta tensión
no es solo teórica; se refleja en la praxis de las comunidades contemporáneas.
Con el fin de ilustrar cómo esta tensión teológica se traduce en la experiencia
ministerial, se realizó una consulta en el año 2025 de carácter cualitativo y
exploratorio entre pastores adventistas en Venezuela. El instrumento consistió
en un cuestionario de preguntas abiertas sobre la relación entre gracia, obras
y seguridad de la salvación, aplicado a un grupo de ministros en ejercicio. Los
resultados que se presentan a continuación no pretenden ser estadísticamente
representativos, sino ofrecer una muestra fenomenológica que permita observar
cómo los pastores negocian en su ministerio la tensión entre la naturaleza
gratuita de la salvación y el llamado a la obediencia.[29]
Al observar los datos, se aprecia una diversidad de
matices: mientras el 42,9% considera las obras como una respuesta necesaria a
la fe, un 57,1% las reconoce como importantes, pero no esenciales para la base
de la salvación. Aunque ambos grupos coinciden en que la gracia es la única
base, la diferencia de énfasis revela la lucha interna por evitar el legalismo
sin caer en el antinomianismo.
Este fenómeno no es una percepción aislada, sino que
se confirma a escala global mediante evidencia empírica. El
estudio Through Christ Alone?
Adventists' Beliefs about Salvation reveló
una paradoja fascinante: mientras el 95% de los adventistas afirma formalmente
que la salvación es solo por Cristo, cerca del 65% manifiesta sentir la presión
de "guardar la ley perfectamente para ser salvos".[30]
Este dato es crucial, pues refleja cómo la cultura y la formación religiosa
moldean la psicología del creyente, mostrando que, en contextos diversos, la
comprensión de la salvación puede inclinarse hacia una visión más preventiva o
legalista de la fe.
El crecimiento como viaje: Avances y retrocesos
La
santificación es, por tanto, un viaje de madurez creciente. White enfatiza que
"cuando el pecador encuentra la paz... la vida cristiana no ha hecho más
que empezar". Los resultados de la muestra venezolana ilustran esta
realidad vivida: el 71,4% de los ministros reporta un progreso constante, pero
un 9,5% reconoce periodos de estancamiento o retroceso. Esta honestidad
fenomenológica es vital, pues demuestra que la santificación adventista no se
entiende como una perfección absoluta e inalcanzable en esta vida, sino como
una madurez relacional donde el carácter de Cristo se refleja cada vez
con más claridad.
En este marco, el Espíritu Santo ocupa el lugar
protagónico: es quien convence, guía y capacita. En consecuencia, la
observancia del sábado, el cuidado del cuerpo y las virtudes del Espíritu (Gl 5:22-23), así como la obediencia y las obras, no son
requisitos legales para comprar el favor divino, sino los indicadores vitales
de una fe saludable. La tensión entre gracia y obras, por tanto, no debe
resolverse de forma simplista; debe permanecer como un dinamismo vivo que
impulsa al creyente a una fidelidad que nace del amor, no del miedo.
El papel de la ley de Dios
La ley[31] de Dios
(los Diez Mandamientos) se considera la norma de santidad en la teología
adventista. A los creyentes se les enseña que deben seguir la ley para
responder a la gracia de Dios en sus vidas. La ley de Dios se entiende como la
norma de santidad y justicia que Dios creó para la humanidad.[32]
La ley de Dios refleja el carácter de Dios como
santo, justo y amoroso. Es una norma moral para los seres humanos. Define lo
que está bien y lo que está mal a los ojos de Dios y establece el modelo para
una vida santa y obediente. Así mismo, proporciona guía y dirección en la vida
que agrada a Dios y muestra Su carácter en todas las áreas de la vida. También
expone el pecado al resaltar áreas donde las personas violan las normas de
Dios. Al confrontar a las personas con sus pecados, la ley las prepara para el
arrepentimiento y la necesidad de un Salvador. De esta forma, es una expresión
de amor y gratitud hacia Dios. Al obedecer Sus mandamientos, los creyentes
demuestran su amor por Dios y su deseo de seguir Su voluntad.[33]
Como se observa, la teología adventista entiende la
ley de Dios como una norma de santidad y justicia que refleja el carácter de
Dios y establece la norma para una vida santa y obediente. Se le considera
norma moral, revelación del pecado y fundamento de la relación con Dios. Así
mismo, los adventistas observan una relación estrecha entre ley y gracia en la
salvación, esta relación se entiende como complementaria y armoniosa.
La salvación para los adventistas es por gracia
mediante la fe; no obstante, esta no anula la importancia de la ley, sino que
capacita al creyente para vivir una vida santa a través de la obra del Espíritu
Santo. La ley no posee poder salvífico; como advirtió White: “El que está
intentando alcanzar el cielo por sus propias obras al guardar la ley, está
intentando un imposible. El hombre no puede ser salvado sin la obediencia, pero
sus obras no deben ser propias. Cristo debe efectuar en él tanto el querer como
el hacer la buena voluntad de Dios”.[34]
Por consiguiente, en la teología adventista, la
obediencia no se percibe como un requisito legalista, sino como una parte vital
de la experiencia cristiana entendida en términos de gratitud. Bajo esta
perspectiva, seguir los mandamientos constituye la respuesta natural del
creyente al amor de Dios, funcionando como una guía práctica que busca reflejar
el carácter divino en todos los ámbitos de la vida.
Esperanza de la segunda venida de Cristo
La esperanza
adventista en la segunda venida de Cristo constituye el corazón mismo de su fe
y el punto donde la teología se vuelve esperanza viva. Como señala Ivan Blazen, la soteriología adventista está
intrínsecamente conectada con la escatología bíblica; por lo tanto, la
redención iniciada en la cruz y la consumación final de la historia se
entienden como dos dimensiones de una misma promesa. Para el adventismo, el
retorno de Jesús no es una metáfora poética, sino un acontecimiento literal,
personal y universal (Mt 24; Ap 1:10).
Esta convicción transforma la percepción del juicio.
En lugar de ser un evento de terror, la segunda venida se percibe como el
momento de la vindicación definitiva. La expectativa no es pasiva, sino que
impulsa a una "vigilancia activa". Como recuerda Bruinsma, la
seguridad de la salvación no conduce a la complacencia, sino a un crecimiento
continuo en la gracia.[35] En esta
clave, las profecías de Daniel y Apocalipsis no son meros enigmas cronológicos,
sino hitos que invitan a cultivar una fe que anticipa la restauración de todas
las cosas: la resurrección, el fin del sufrimiento y la erradicación definitiva
del mal.
La experiencia de la salvación en la vida del creyente
En la praxis
adventista, la salvación se comprende como un proceso vivencial que afecta la
totalidad de la existencia humana. Es aquí donde la herencia del arminianismo se hace más evidente: se enfatiza la
responsabilidad del individuo y la capacidad del libre albedrío para responder
al llamado universal de Dios. Esta respuesta no es un mérito, sino la
aceptación de un regalo que inaugura una relación dinámica.[36]
Woodrow Whidden destaca que las exposiciones de John
Wesley sobre la “gracia responsable” [37]
proporcionaron el telón de fondo para la evolución soteriológica adventista.
Esta influencia permitió articular una combinación equilibrada de elementos que
a menudo parecen opuestos:
La transformación Interna: Una
renovación de actitudes y valores mediante la comunión diaria. Como afirma Roy
Gane, ninguna acción leal puede salvarnos pues la salvación es un regalo, [38] pero la
lealtad es la respuesta natural a ese regalo.
La manifestación Externa: El cambio en
el comportamiento y las decisiones honestas basadas en principios bíblicos.
Esto implica continuar creciendo espiritualmente a través del estudio de la
Biblia, la oración, la adoración y el servicio a los demás.
El testimonio y el servicio: La
convicción de que la salvación se demuestra en la compasión hacia el necesitado
y en compartir la fe. Demostrar el amor de Dios a través de buenas obras y
compasión hacia los necesitados.
La experiencia salvífica, por tanto, integra la
justificación (nuestro derecho al cielo por los méritos de Cristo) y la
santificación (nuestra idoneidad para el cielo mediante la obra del Espíritu).
Esta síntesis, lejos de ser un resumen parcial, representa una de las
contribuciones distintivas del adventismo al diálogo cristiano: la idea de que
la salvación es un viaje de gracia, fe y compromiso que prepara al ser humano
no solo para una vida mejor aquí, sino para la eternidad.
Desafíos y tensiones teológicas
La visión
adventista de la salvación, aunque robusta, no está exenta de tensiones que han
moldeado su madurez intelectual. El desafío más persistente ha sido armonizar
la naturaleza gratuita de la gracia con la relevancia de la obediencia. ¿Cómo
sostener que las obras son el fruto necesario de la fe sin que el creyente
termine viéndolas como un mérito para la salvación? Esta pregunta, que ha
resonado desde el conflicto de 1888 en Mineápolis, sigue siendo el eje de las
discusiones contemporáneas.
En este escenario, figuras como Edward Heppenstall
fueron cruciales para recordar a la iglesia que la perfección de carácter no es
un logro humano, sino un resultado de la dependencia absoluta de la gracia
divina.[39] Por otro
lado, crisis como las planteadas por Desmond Ford en el siglo XX obligaron a la
comunidad a definir con mayor rigor la diferencia entre la justicia imputada
(nuestro estatus ante Dios) y la justicia impartida[40]
(nuestra transformación interna), alertando sobre los peligros de un
perfeccionismo escatológico que pudiera generar ansiedad en lugar de esperanza.[41]
La relación entre ley y gracia se presenta,
entonces, no como una contradicción, sino como un ejercicio de fidelidad
delicado. La ley se acepta como norma inmutable del carácter de Dios, mientras
que la salvación se proclama como un don recibido únicamente por la fe.
Mantener este equilibrio es lo que permite al adventismo evitar dos extremos:
un antinomianismo que desprecia la ley y un legalismo
que olvida el amor.
CONCLUSIÓN
En última
instancia, la soteriología adventista integra de manera singular la herencia
protestante con una urgencia escatológica propia. El análisis realizado revela
que el adventismo no se limita a repetir fórmulas del siglo XVI, sino que
articula una visión dinámica donde Dios, en su infinita misericordia, no solo
declara justo al creyente (justificación), sino que comienza el proceso de
hacerlo justo (santificación).
La particular contribución de esta tradición reside
en enmarcar la redención dentro de una narrativa de esperanza. La inminencia
del regreso de Cristo, lejos de generar un "moralismo ansioso",
provee el contexto de urgencia que dinamiza la misión de la iglesia. La
salvación se vive así como un peregrinaje teológico
bajo la premisa del "ya, pero todavía no".[42]
El creyente ya posee la seguridad del perdón en Cristo, pero todavía aguarda la
restauración cósmica final.
En conclusión, la salvación en el adventismo es un viaje de gracia, fe y compromiso. Transforma el presente del creyente y le otorga un propósito eterno, permitiéndole vivir no para ganar el favor de Dios, pues ya lo ha recibido, sino como testimonio vivo de su amor redentor. En este sentido, la visión adventista de la redención no solo responde a una necesidad denominacional, sino que ofrece una voz relevante en el diálogo cristiano global: la gracia no excluye la obediencia, sino que la hace posible; la esperanza no genera pasividad, sino misión. Así, el adventismo invita a una fe que cambia la vida y anuncia el poder restaurador de Dios para con el mundo entero.