Fecha de recepción: 19 de febrero de 2026.

Fecha de aprobación: 23 de marzo de 2026.

https://doi.org/10.35997/yhn9nr82

 

 

Análisis comparativo entre la cosmovisión andina prehispánica y la teología adventista del séptimo día: Similitudes, diferencias y desafíos para la contextualización misionera actual

Comparative Analysis Between the Pre-Hispanic Andean Worldview and Seventh-Day Adventist Theology: Similarities, Differences, and Challenges for Current Missionary Contextualization

Jhan Freddy Saravia Cueva[1]

Resumen

La cosmovisión andina prehispánica, marcada por un politeísmo animista y la deidad suprema Viracocha, plantea interrogantes sobre sus posibles convergencias con la teología adventista del séptimo día, particularmente en términos de contextualización evangelística en comunidades peruanas contemporáneas. Este estudio examina puentes teológicos en tres ejes: teología (concepción de Dios), antropología (visión del ser humano) y cosmología (entendimiento del mundo), identificando analogías que faciliten la asimilación cristiana. Mediante un enfoque comparativo hermenéutico, se analizan mitos andinos, crónicas coloniales y doctrinas bíblicas adventistas, destacando similitudes como la creación divina, la mayordomía ambiental, el equilibrio moral (hucha vs. pecado) y la estructura cósmica tripartita (Hanan Pacha, Kay Pacha, Uku Pacha) con énfasis en renovación cíclica. Los hallazgos revelan convergencias en el respeto por la naturaleza, la comunidad (ayni) y la vida saludable, que promueven una integración respetuosa, aunque desafíos como el sincretismo exigen un diálogo intercultural sensible. Estas analogías facilitan la contextualización y permiten que la teología adventista sirva de puente para armonizar tradiciones ancestrales con principios cristianos teocéntricos.

Palabras clave: Cosmovisión andina, Viracocha, Contextualización evangelística, teología, religiones comparadas

 

 

Abstract 

The pre-Hispanic Andean cosmovision, characterized by animistic polytheism and the supreme deity Viracocha, raises questions regarding its potential convergences with Seventh-day Adventist theology, particularly in terms of evangelistic contextualization within contemporary Peruvian communities. This study examines theological bridges across three axes: theology (conception of God), anthropology (view of the human being), and cosmology (understanding of the world), identifying analogies that facilitate Christian assimilation. Employing a comparative hermeneutical approach, it analyzes Andean myths, colonial chronicles, and Adventist biblical doctrines, highlighting similarities such as divine creation, environmental stewardship, moral equilibrium (hucha vs. sin), and the tripartite cosmic structure (Hanan Pacha, Kay Pacha, Uku Pacha) with an emphasis on cyclical renewal. The findings reveal convergences in respect for nature, community (ayni), and healthy living, which promote respectful integration, although challenges like syncretism demand sensitive intercultural dialogue. These analogies facilitate contextualization and allow Adventist theology to serve as a bridge to harmonize ancestral traditions with theocentric Christian principles.

Keywords: Andean cosmovision, Viracocha, Evangelistic contextualization, Theology, Comparative religions.

 

Introducción

Las culturas andinas del Perú conservan una tradición religiosa que se remonta a las civilizaciones precolombinas, particularmente la incaica. A pesar de la influencia del cristianismo desde la época colonial, estas creencias ancestrales persisten como elemento constitutivo de la identidad cultural en numerosas comunidades contemporáneas.[2]

Sin embargo, existe una brecha en los estudios teológicos comparativos: aunque se han documentado convergencias superficiales entre la cosmovisión andina prehispánica y diversas tradiciones cristianas, no se ha realizado un análisis sistemático que examine específicamente sus posibles analogías y diferencias con la teología adventista del séptimo día. Esta ausencia resulta particularmente relevante en el contexto peruano actual, donde miles de comunidades andinas enfrentan el desafío del sincretismo religioso y requieren enfoques de contextualización que respeten su patrimonio cultural sin comprometer la integridad doctrinal.

Por tanto, El presente artículo busca llenar dicha brecha mediante un enfoque comparativo hermenéutico. Se analizan mitos andinos, crónicas coloniales y doctrinas bíblicas adventistas con el propósito de identificar convergencias, analogías y diferencias en tres ejes principales: teología (concepción de Dios), antropología (visión del ser humano) y cosmología (entendimiento del mundo).

El objetivo específico es determinar si estas analogías pueden servir de puentes para una aproximación contextualizada a las comunidades andinas contemporáneas. El estudio adopta una metodología cualitativa de análisis comparativo de fuentes primarias y secundarias, sin presuponer de antemano la existencia de convergencias. De este modo, se pretende ofrecer un marco académico que contribuya tanto al diálogo intercultural como al desarrollo teológico responsable en el ámbito de las religiones comparadas.

 

Teología (creencia sobre Dios) en la cosmovisión andina y adventista

La teología sistemática y la filosofía de la religión, enmarca la realidad y cosmovisión relativas a la existencia en tres tópicos: Dios, hombre y mundo. Esta clasificación resulta lógica. Toda la existencia de lo creado proviene de Dios, causa última y gestor único del universo.[3] En segundo lugar, el ser humano forma parte de la cosmovisión universal porque fue creado a imagen de Dios y porta la impronta del carácter divino (Gn 1:26-28; Sal 8:46). Por ello, su papel es central tanto en el plan de creación como en el de redención.

El tercer rubro de la teología filosófica es el mundo (o, cosmos) como el ambiente en que Dios crea y coloca al hombre, es el entorno en el cual sucede la existencia humana y se desarrolla el plan de salvación, y es el objeto del amor de Dios: el hombre y su medio ambiente (Jn 3:16).

Dios en la teología adventista

La doctrina sobre Dios fundamenta la cosmovisión cristiana según la Biblia, considerada la fuente que responde a los interrogantes de la realidad. Sirve de base para la teología bíblica y sistemática, ya que Dios se relaciona con todo lo existente como origen y director del universo.[4]

El conocimiento de Dios proviene de dos fuentes: la revelación general (visible en la creación, Rom 1:20) y la revelación especial (Escrituras inspiradas). En la Biblia se revela un conocimiento integral de su persona y propósito para la humanidad (Heb 1:1-2; Jn 3:15-17). La teología adventista reconoce a Dios como auto existente (Jn 5:26), autosuficiente (Sal 115:3), creador, sustentador, redentor y restaurador de su creación (Gn 1:1; Heb 1:3; 2 Cor 5:19), con un amor que busca su restauración (Rom 5:8; Ex 34:6-7).

Según la revelación bíblica, Dios es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo en relación de amor, funcionalidad y propósito (Mt 28:19; 2 Cor 13:14), operando para la salvación de la humanidad (Rom 3:24; 1 Cor 6:11). En términos teológicos, Dios es trascendente (distinto y superior a la creación) e inmanente (presente y activo en ella), aunque su trascendencia predomina en la revelación (Heb 1:1-2; Jn 3:15-17). Asimismo, el adventismo reconoce que Dios es auto existente (Jn 5:26; Ef 1:5), autosuficiente (Sal 115:3) y es quien crea, sustenta, redime y restaura a su creación (Gn 1:1; Sal 24:1-2; Heb 1:3; Dt 5:6; 2 Cor 5:19) pero, sobre todo, es un Dios que ama a su creación y por ello la quiere restaurar (Ex 34:7; Rom 5:8).

En otra línea, Dios es una Trinidad, según la revelación bíblica. No hay en la Escritura una exposición especifica donde se presente sistemáticamente la pluralidad de Dios, solo en pasajes específicos, pero ello se entiende en el desarrollo de la narración bíblica, en la cual la doctrina de la Trinidad alcanza su mayor revelación en el NT. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo existen dentro de una relación de amor, de funcionalidad y de propósito (Mr 15:34; 1 Cor 13; 2 Cor 13:14), y están operando para la salvación de la humanidad (Rom 3:24; Mt 28:19; 1 Cor 6:11).

Dios en la cosmovisión andina

En la cosmovisión andina prehispánica, particularmente incaica, se observa un sistema predominantemente henoteísta: un dios supremo (Viracocha) ocupa el lugar principal como creador primordial, mientras existe un panteón subordinado de deidades asociadas a elementos naturales (Inti-sol, Pachamama-tierra, Mama Killa-luna, apus-montañas, etc.).[5] El culto oficial priorizaba a Viracocha como origen de todo, aunque el sol (Inti) recibía mayor devoción pública en la práctica cotidiana.

Viracocha emerge de las aguas primordiales (a menudo asociadas al Lago Titicaca) y crea el mundo, el cielo, la tierra y los seres humanos. Se le describe como antropomórfico, remoto y trascendente: tras la creación, delega el gobierno diario a deidades menores y se retira, manteniendo una distancia ontológica de lo creado.[6] No se le atribuye estrictamente eternidad u omnipresencia en el sentido cristiano (presencia activa en todo lugar y tiempo); más bien, es un ser primordial, fuente de todo, pero no inmanente en la creación cotidiana.

Asimismo, existen ciertas similitudes entre la cosmovisión andina de la deidad y la cosmovisión adventista, basada en la interpretación bíblica. El cristianismo afirma la creencia en y la existencia de un Dios supremo, que se llama Jehová (o YHWH, según el Tetragrámaton, en el AT).[7] Es un Dios personal, Creador de todo el mundo. De manera similar, en el panteón incaico, se daba culto a distintos dioses que tenían relación con la naturaleza, es decir, los andinos precolombinos deificaron a los elementos de la naturaleza (el rayo, la lluvia, el sol, la luna, la tierra, etc.).[8]

El número de divinidades es tan elevado que su enumeración resulta innecesaria en este apartado; sin embargo, se observa una jerarquía clara en las deidades andinas del Tahuantinsuyo, siendo la Pachamama y los apus (espíritus de las montañas) las deidades supremas.[9] No obstante, la cosmovisión andina incaica aceptaba la existencia de un dios creador, eterno y omnipresente, llamado Wiracocha.[10] Además, este Wiracocha (o, Viracocha) tenía forma humana, una deidad antropomórfica, quien surgió de las aguas para traer a la vida la humanidad.[11]

Existe una similitud grafica entre Wiracocha y las epifanías de Dios en el AT hebreo según crónicas coloniales.[12] Wiracocha tenía el sol como corona resplandeciente, rayos y luces en sus manos y lágrimas o luces que brotaban de sus ojos (Ex 24:17; Dn 10:6; Hab 3:4; Mt 17:2; Ap 1:14).[13] Incluso ciertas leyendas cosmogónicas de los incas y preincas mencionan a Wiracocha como el Dios anciano, el dueño del tiempo, en relación con el dios sol (cf. el “Anciano de días” en Dn 7:9).[14] Asimismo, su nombre completo: Apu Kon Illa Tiksi Wiracocha Pachayachacheq Pachakamaq evoca las ideas de “luz eterna”, “Gran Señor”, “Hacedor del mundo” y “Fuente de lo que vive”.[15] En esta deidad se observa una semejanza con el Dios Creador bíblico, según los cronistas coloniales españoles. 

Antropología (creencia sobre el hombre) en la cosmovisión andina y adventista

En la antropología bíblica, el ser humano es mostrado como creación directa de Dios (Gn 1:26-28; 2:7). El relato del Génesis sitúa al hombre y a la mujer en un ecosistema donde interactúan con la creación bajo la autoridad divina. Esta antropología incorpora tres dimensiones principales: la imagen de Dios, la constitución ontológica del ser humano y la naturaleza del pecado.[16]

Dios dota al ser humano de su imagen, comunicándole atributos como racionalidad, moralidad y capacidad de relación, sin convertirlo en una extensión divina.[17] El ser humano es constituido como “alma viviente” (nefeš hayyâ, Gn 2:7), un término que designa la persona integral (cuerpo y aliento) que recibe la vida como don exclusivo de Dios. Esta vida no es intrínseca a la materia ni se extiende a todos los objetos; es un regalo otorgado solo al ser humano, que lo distingue del resto de la creación.[18]

En contraste, la cosmovisión andina prehispánica presenta una antropología animista en la que el ser humano no es un administrador separado, sino un órgano integrado en el cuerpo vivo de la Pachamama.[19] Wiracocha ordena el mundo y hace surgir al ser humano de la tierra misma (Pachamama), sin que exista un acto especial de infusión de aliento divino.[20]

En la cosmovisión andina prehispánica, Wiracocha dio vida al mundo y lo ordenó. Dividió el cielo de la tierra y estableció el sol, la luna y las estrellas.[21] Posteriormente, llamó a la existencia al ser humano.[22] Se identifica aquí una similitud con el relato bíblico. Dios crea y ordena el mundo primero, dejando todo dispuesto para la creación del hombre (Gn 1:1-2:7). Los mitos preincas e incas muestran consistentemente que el dios creador procede primero a ordenar el mundo y señalar la función de los astros, y de ahí aparece el hombre (no se menciona como lo forma sino que aquel aparece de la tierra, la Pachamama).[23]

En la Escritura Dios coloca su carácter en el hombre y la mujer y los hace administradores de la creación, corregentes suyos sobre el planeta con un contacto directo con la naturaleza (Gn 1:26; Sal 8:6-8). La antropología hebrea no concibe al hombre en el vacío, en lo etéreo, sino en lo concreto, en su hábitat y en su sociedad, a diferencia del planteamiento dualista que veía al alma como ente eterno inmaterial que era la existencia suprema, la realización de la vida.[24]

De igual manera, el hombre preinca e inca se veía conectado a la naturaleza, vinculado a ella por la interacción entre hombre, animales, medioambiente, con la diferencia de que este medioambiente es animado, tiene vida propia y es sagrado, como la Pachamama, el Inti, la luna, y la Pachamama tenía características de Dios, como bondad, generosidad, justicia e ira.[25]

En el aspecto de la constitución del hombre, en la Escritura el hombre es creación de Dios y es llamado un “alma viviente” (nefeš hayya’) en Genesis 2:7 (LBLA). Por ello, “alma” en la Escritura es el ser viviente, el hombre como un todo,[26] la persona que tiene existencia, el ser.[27] Asimismo, Dios crea al hombre y los bendice como “hombre y mujer” (Gn 1:27, NVI). Esto indica que el varón se complementa con la mujer porque la soledad sexual y emocional (afectiva) no es bueno (2:18).[28]

La antropología andina incaica es similar. El dios Wiracocha llama a la existencia al hombre y este sale de la tierra, de la Pachamama[29] y vive porque es un alma, vida,[30] y este “aliento de vida” es el que está presente en toda la naturaleza.[31] De forma similar al registro bíblico, la humanidad está dividida en dos géneros: macho y hembra[32] y así toda la creación tiene estos dos géneros, lo cual llaman yanantin (equilibrio complementario) y es lo que da forma y sostén al Tahuantinsuyo.[33]

La pareja bíblica Adán y Eva, tienen su contraparte incaica en la figura mitológica de Manco Cápac y Mama Ocllo, quienes van a vivir en un valle o bosque elegido, donde fundarían el imperio.[34] En este caso, aún hay similitudes en la formación de los seres humanos. Según la Escritura, Adán fue formado del polvo de la tierra (Gn 2:7) y en los mitos de Wiracocha este formó a hombres y mujeres del barro y de la piedra.[35]

Por ejemplo, en la cultura Moche, que floreció en la costa norte del Perú entre los siglos I y VIII d.C., se creía que los dioses crearon a los primeros hombres y mujeres de barro y los animaron con su aliento divino.[36] La cultura Chavín, que se desarrolló en los Andes centrales del Perú entre los siglos XV y IV a.C., tenía mitos sobre la creación de los seres humanos a partir de tierra o de agua,[37] por el poder creador de deidades antropomorfas y zoomorfas.[38]

En la cosmovisión inca y preinca, no existe una definición de pecado o maldad como la tiene el cristianismo bíblico. En la doctrina cristiana, propia de los adventistas, el pecado se inició misteriosamente en el corazón del ángel Lucifer (Eze 28:12, 15), quien fue expulsado del cielo por su maldad y rebelión contra la autoridad divina (Eze 28:16; Isa 14:12, 15; Ap 12:9-10). El mal se introdujo en el mundo por el pecado de Adán (Rom 5:12) y pasó a toda la humanidad.

El pecado presenta dos aspectos principales: el moral y el factual.[39] En su dimensión moral, se relaciona con la naturaleza pecaminosa o “carne” (Rom 7:5, 18; 8:1,13; Gal 5:16). Funciona como un poder que habita en el ser humano caído y como un acto voluntario o involuntario de transgresión contra Dios (1 Jn 3:4).[40] El pecado no constituye una simple equivocación. Representa una transgresión de la ley divina y de sus mandamientos (Rom 5:13; Stg 2:8-12).[41] Sus efectos han sido devastadores en el ser humano, tanto a nivel corporal, fisiológico, emocional y mental como social y espiritual. Afecta las relaciones con Dios, con el prójimo y con el entorno.[42]

La hamartiología (estudio del pecado) incaica y preincaica, es algo similar a la bíblica. A semejanza de los diez mandamientos y las demás leyes civiles de los hebreos, los incas tenían ciertas leyes morales que castigaban actos de maldad, rebelión y desorden en el incanato.[43] En la cosmovisión inca, todo lo existente se sostiene por el equilibrio entre lo masculino y femenino, lo bueno y lo malo, en la pacha y en el cosmos.[44] Cuando hay desorden y caos en el cosmos o en la tierra como resultado de acciones malas, rebelión y desobediencia a normas rituales o sociales, aparece la “hucha”, el desorden, y eso produce enfermedad, desastres y derrotas militares.[45]

La hamartiología inca concibe la “maldad” o el “pecado” como actos de rebeldía: robo, adulterio, incesto, asesinato, porque rompían el orden y las relaciones entre los seres humanos y los dioses.[46] También, había actos contra los dioses, que era “hucha”, y los dioses castigaban la maldad y la rebelión con caos y destrucción.[47]

Un punto de similitud con la doctrina bíblica de pecado, es la expiación. Cuando los habitantes del Tahuantinsuyo cometían “hucha” (pecado) podían expiar su culpa mediante sacrificios y ritos de purificación para restaurar la paz y la armonía con los dioses y la Pachamama;[48] algo tenuemente parecido a la doctrina del perdón y la justificación por medio de la sangre de Jesús, lo cual reestablece la paz entre Dios y el pecador (Rom 5:1) y con la creación (Isa 32:17-18; Col 1:20).

En manera similar que en el santuario terrenal hebreo, se podían ofrecer sacrificios de animales, ofrendas de cereal, alimentos y manufacturas, para aplacar a las deidades, incluso se hacían ayunos (comp. Lv 16:29, 31; 23:26-32) que acompañaban a los sacrificios como una forma de purificación personal.[49]

La meta de los rituales expiatorios por cometer pecado o “hucha” era para restaurar el orden y la armonía entre la naturaleza y el hombre, en el incanato; en la doctrina bíblica de la salvación, la expiación y los sacrificios (con el sacrificio de Cristo en un lugar central) tenían un sentido moral.

Incluso existió en el incanato una forma de expiar un delito cometido a otro reparando el mal o se exigía al transgresor a compensar la falta, devolviendo lo robado o sustraído (Ex 22:1-3; Nm 5:5-10). Todas estas formas de culto, religión y ética guardan cierta similitud con la teología bíblica; sin embargo, como se expondrá más adelante, existen diferencias esenciales, hay marcadas diferencias en esencia, que distancian la cosmovisión inca y la bíblica.

Cabe resaltar que una diferencia notable entre la antropología andina y bíblica es el tema de la muerte. Como el hombre está vinculado a la Pachamama, al morir no se acababa su existencia, sino que entraba a otra dimensión, como espíritu, y morar en la naturaleza, en las piedras o en lugares sagrados o bien reencarnar.[50] Esta creencia en la continuidad de la vida luego de la muerte se reflejaba en enterrar al difunto con sus pertenencias y alimentos (con gente de su corte en la realeza) que lo acompañaran en la nueva vida incorpórea.

La momia era el cadáver del difunto que servía de protección y compañía a los vivos en templos, palacios o en casas, para las ceremonias y festividades rituales.[51] Aquí existe una diferencia notable con la concepción bíblica de la muerte, que la describe como un sueño (Jn 11:11-14; Sal 6:5; Jb 7:9-10). Para la escatología bíblica, la muerte es un descanso que espera la resurrección (1 Tes 4:13-14). 

Cosmología (creencia sobre el mundo y su origen) en la cosmovisión andina y adventista

En la cosmovisión bíblica, Dios es el creador ex nihilo de todo el universo (Gn 1:1; Sal 8:4-10). El relato del Génesis presenta una creación ordenada en seis días, culminada con el reposo del séptimo (Gn 2:1-4). Dios permanece trascendente (no forma parte de la creación)[52] y soberano (Col 1:15-17; 1 Tim 1:17), visible solo a través de Jesucristo (Jn 1:18). El mundo constituye el escenario donde el ser humano, creado a imagen de Dios, ejerce mayordomía responsable (Gn 1:26-28).[53]

Se identifica así una similitud con la mitología incaica, en que el dios Viracocha es el creador del mundo y de la humanidad, invisible y trascedente, más alto que los demás dioses (el sol, la luna, la Pachamama).[54] Viracocha emerge de las aguas primordiales y crea la tierra, el cielo y todas las criaturas. Esta concepción presenta una diferencia marcada con la revelación bíblica. Muestra mayor afinidad con los mitos sumerios, egipcios y caldeos, como el Enuma Elish, en los que los dioses y toda la existencia provienen de un océano primordial.[55]

Las culturas andinas del antiguo Perú desarrollaron una visión del mundo que integra la tierra, los cielos y las comunidades humanas.[56] Esta cosmovisión, que perdura en las tradiciones culturales contemporáneas, proporciona un marco que, en muchos aspectos, se puede alinear con la creencia adventista del séptimo día.

En la cosmovisión andina, se reconoce un modelo tripartito del universo que estructura su entendimiento del mundo y la vida: Hanan Pacha, el Mundo de Arriba, es el reino de los dioses y los espíritus celestiales, simbolizando el cielo y lo sagrado. Kay Pacha, el Mundo del Medio, es el dominio de los seres humanos, donde se desenvuelve la vida cotidiana y se entrelazan lo divino y lo terrenal. Uku Pacha, el Mundo de Abajo, representa el inframundo asociado con la fertilidad y la renovación, siendo un lugar de poder y transformación espiritual.[57]

Por otro lado, en la cosmovisión bíblica, Dios crea a los seres humanos, Adán y Eva, a su imagen y semejanza, dándoles vida y un propósito en el Jardín del Edén (Gn 1:27-28; 2:8), que es administrar la creación, poblar la tierra y llevar en las familias el conocimiento de Jehová.[58] En la mitología andina, Viracocha también crea a los seres humanos, de las piedras, de la arena o del Lago Titicaca.[59]  En algunos relatos, crea primero una raza de gigantes y luego a los humanos, enseñándoles habilidades y conocimientos. También, en otros mitos, hay una pareja primordial: Manco Cápac y Mama Ocllo, hijos del sol, que salen del Titicaca para fundar el Cuzco y ordenar el mundo.[60]

En otro orden, existe una similitud (que también es vista en otras mitologías de culturas antiguas) en el diluvio universal de la Biblia y una gran inundación en la mitología andina. La historia del Diluvio Universal en el cristianismo narra cómo Dios decide limpiar el mundo de la maldad mediante una gran inundación (Gn 6:5-7, 17), salvando solo a Noé, su familia y una pareja de cada especie animal.

De manera similar, la mitología andina incaica registra una leyenda de gran inundación enviada por Viracocha. El propósito era destruir a una raza de gigantes que había creado, dejando solo a dos personas para repoblar la tierra.[61] Se observa que, tras el cataclismo, queda una pareja para repoblar la tierra para repoblar el mundo. Esta narrativa guarda similitud con el Diluvio bíblico, un acto divino de juicio y salvación. En ambos relatos aparecen gigantes corruptos y un remanente que repoblaría la tierra con el conocimiento de Jehová (Gn 6:4-5).[62]

Además, las cosmovisiones bíblica y andina antigua poseen una ética que dirige la vida de las personas. En el cristianismo, Dios proporciona un código moral (su ley) a través de los Diez Mandamientos y enseña a los humanos a vivir de manera justa y piadosa (Nm 15:40; Sal 119:48; Pr 2:1; 3:1; 7:1; Jn 14:21; 15:10). En la Mitología Incaica, Wiracocha también imparte enseñanzas y establece normas morales para que la humanidad viva en armonía y respeto mutuo.[63] Una similitud interesante es que las leyes de Wiracocha, que fueron preservadas en el incario y estuvieron disponibles para los cronistas españoles, trataban sobre temperancia, asesinatos, adulterio, fornicación, violación, incesto, homosexualidad, robo, y la ociosidad. Es posible que estos mandamientos pudieron haber sido modificados por los colonizadores, pero se ve que en esencia, los incas se preocupaban por la conducta y el orden moral.[64]

En el cristianismo, Dios interviene en la historia de la humanidad, enviando profetas para ordenar el camino de su pueblo y llamarlo a preservar la confianza en la promesa (Hab 2:2-4; 2 Pe 3:4-10)[65] y finalmente Dios manda a su Hijo, Jesucristo, para revelar el carácter de Dios (Jn 1:17-18) y salvar a la humanidad (Jn 3:16; 1 Jn 4:9; Rom 5: 6-11; 8:32). En el incario, se decía que Viracocha viaja por el mundo, enseñando y ayudando a los pueblos, y en algunos relatos, promete regresar en el futuro, del mar,[66] y eso explicaría por que los incas consideraron a los españoles como “Wiracocha”, pues vinieron del mar y su fisonomía, armaduras y caballos les hicieron parecer “seres santos o divinos.”[67]

En síntesis, la teología cristiana sitúa al ser humano en un lugar central en la creación. Le asigna un rol de dominio y administración sobre la naturaleza. El ser humano depende de Dios, el Creador, quien recibe toda la gloria y honra. Por ello, el sentido de la vida es teocéntrico según la perspectiva cristiana.[68] En cambio, en la cosmovisión inca el sentido de la vida es antropocéntrico y geocéntrico. El respeto y la reciprocidad hacia la naturaleza resultan fundamentales para la supervivencia y la armonía del cosmos.[69]

Mientras que la cosmovisión cristiana bíblica pone un fuerte énfasis en la moralidad y en una relación personal con Dios, la cosmovisión inca enfatiza la importancia de los rituales y las ofrendas para mantener la relación con los dioses y la naturaleza. Estas diferencias y similitudes reflejan cómo cada cultura ha entendido su lugar en el universo y la relación con lo divino y la naturaleza, ofreciendo ricas perspectivas sobre la creación y la existencia.

Puntos de convergencia entre la religión andina y el adventismo sobre Dios

La creencia en un dios supremo creador en la cosmovisión andina, representado por deidades como Wiracocha, guarda similitudes con la concepción adventista de Jehová Dios como el Creador del universo. Esta correspondencia permite la aceptación de la perspectiva adventista de un Dios único y omnipotente que gobierna y sustenta la creación.

El respeto por la naturaleza documentado en la veneración a la Pachamama encuentra resonancia en la teología adventista. Esta valora la obra creadora de Dios y promueve el cuidado ambiental. Esta conexión refuerza el énfasis adventista en la responsabilidad humana de la administración de la Tierra[70] pero sin venerarla.

Las culturas andinas valoran profundamente la familia y la comunidad, principios que coinciden con el énfasis adventista en la vida familiar y comunitaria. El adventismo promueve un estilo de vida que fomenta la unidad familiar y el apoyo comunitario, aspectos altamente apreciados en las culturas andinas.

La tradición andina también resalta la importancia de una vida saludable y el bienestar, valores fundamentales compartidos con la teología adventista. La promoción de una dieta saludable y la abstención de sustancias nocivas en la teología adventista pueden encontrar resonancia con las prácticas tradicionales de cuidado de la salud en las culturas andinas.

Uno de los principales desafíos lo constituye el sincretismo religioso, donde las creencias tradicionales se entrelazan con el cristianismo. Esto puede llevar a interpretaciones del adventismo que incorporan elementos de la espiritualidad andina. Sin embargo, también ofrece una oportunidad para un diálogo intercultural que enriquezca la comprensión y la práctica de la teología adventista. En ese sentido, la educación y la aproximación misionera deben abordar las creencias y valores andinos con respeto y comprensión, promoviendo una propuesta teológica que resuene con las experiencias y perspectivas de las comunidades locales. El énfasis en la educación adventista puede facilitar esta integración cultural y religiosa de manera efectiva.[71]

En conclusión, las creencias andinas presentan puntos de convergencia con la teología adventista en la interconexión, la armonía, los ciclos naturales y la dualidad. La creencia en un Dios Creador, el respeto por la naturaleza, el énfasis en la comunidad y la vida saludable son aspectos que pueden facilitar la asimilación de la creencia adventista. Sin embargo, es crucial abordar esta integración con sensibilidad cultural y respeto hacia las tradiciones locales para fomentar un entendimiento mutuo y una convivencia armoniosa.

Puntos de convergencia entre la religión andina y el adventismo sobre el hombre

En las culturas andinas, el hombre era considerado una parte integral del cosmos, viviendo en armonía con la tierra, el cielo y el inframundo. Esta visión holística destacaba la interconexión de todos los seres y enfatizaba la responsabilidad del hombre de preservar el equilibrio y la armonía universal.[72] En estas culturas, el hombre era visto como un cuidador de la naturaleza. La agricultura, por ejemplo, no solo cumplía una función económica, sino que también representaba un acto de respeto y reciprocidad hacia la Pachamama.[73] Esta relación simbiótica con la naturaleza puede manifestar una ética de mayordomía que ocupa un lugar central en la teología adventista.

La sociedad andina valoraba profundamente la colectividad. El principio del “ayni”, que significa reciprocidad, fomentaba la cooperación y el apoyo mutuo. Esta visión comunitaria de la vida encuentra paralelismos con el énfasis adventista en la importancia de la comunidad y el servicio hacia los demás.[74]

El concepto andino del hombre como custodio de la naturaleza encuentra un sólido paralelismo en la teología adventista, que subraya la responsabilidad humana de cuidar la creación de Dios. Esta conexión refuerza la importancia compartida de la sostenibilidad y el cuidado del medio ambiente en ambas tradiciones.[75] Asimismo, la visión andina del hombre como parte integral del cosmos puede facilitar la aceptación de la concepción adventista del ser humano como creado por Dios con un propósito divino. Ambas perspectivas valoran la integridad y el equilibrio en la vida humana.

Por otro lado, la orientación comunitaria de las culturas andinas, con su énfasis en la reciprocidad y el apoyo mutuo, se alinea con la visión adventista de la iglesia como una comunidad de fe que trabaja unida para el bien común. La creencia adventista en la importancia del servicio y la solidaridad puede resonar profundamente en las comunidades andinas.

En este contexto, las culturas andinas exhibían un fuerte sentido ético, evidente en principios como el “ayni” (reciprocidad) y el respeto por la naturaleza y la comunidad. Esta orientación ética es congruente con la ética adventista, la cual promueve una vida moral basada en el respeto hacia los demás y hacia la creación.

El desafío del sincretismo, donde las creencias andinas se entrelazan con las enseñanzas cristianas, puede plantear dificultades, pero también ofrece oportunidades para contextualizar la propuesta teológica adventista de manera que resuene con las experiencias y valores locales. Un enfoque respetuoso y dialogante puede facilitar la integración armoniosa de ambas tradiciones.

Aquí ingresa la educación adventista, que puede desempeñar un papel crucial en la integración de las creencias andinas y la teología adventista, sirviendo como una plataforma para el diálogo y el empoderamiento comunitario. El énfasis en la educación y la capacitación puede ayudar a las comunidades andinas a explorar nuevas formas de integrar su patrimonio cultural con su fe cristiana.

 

Puntos de convergencia entre la religión andina y el adventismo  sobre el mundo

En la cosmovisión andina, el mundo es un sistema en el que todos los elementos están interrelacionados en equilibrio.[76] La coexistencia armónica entre los seres humanos, la naturaleza y lo divino se considera fundamental para el bienestar y la prosperidad en esta visión del mundo. Los ciclos naturales poseen significado espiritual en esta cosmovisión.[77] La vida se percibe como un proceso continuo de renovación y regeneración, lo que refleja una comprensión cíclica del tiempo y del cosmos.[78] La dualidad emerge como un principio central, donde opuestos como el día y la noche, lo masculino y lo femenino, se entrelazan para formar un todo armonioso. Esta dualidad no solo se manifiesta en aspectos cotidianos, sino que también permea la visión del mundo como un equilibrio dinámico entre fuerzas opuestas que interactúan constantemente.[79]

La creencia andina en la interconexión y armonía de todos los elementos del mundo se alinea con la perspectiva adventista de la creación divina, que sostiene que Dios diseñó el mundo con un propósito específico. El énfasis compartido en la sostenibilidad y la mayordomía de la Tierra en ambas tradiciones facilita la aceptación de la ética ambiental adventista.[80] En este sentido, la visión andina del mundo como un sistema interconectado que requiere cooperación y armonía para prosperar se alinea con el enfoque adventista en la comunidad y el apoyo mutuo. La creencia en la necesidad de trabajar juntos para el bien común es una característica compartida por ambas tradiciones.

La dualidad y la complementariedad en la cosmovisión andina reflejan la importancia del equilibrio en la vida espiritual, un principio central también en la teología adventista. La creencia en un equilibrio entre lo divino y lo humano, así como entre lo espiritual y lo material, puede facilitar la comprensión y aceptación de la teología adventista. Así, la visión andina de los ciclos naturales y espirituales puede resonar con la práctica del sábado como día de descanso y renovación. El concepto de un ciclo semanal que culmina en un tiempo sagrado de adoración y reflexión se alinea con la comprensión andina del tiempo y la regeneración.

Un desafío importante radica en la necesidad de contextualizar la teología adventista de manera que resuene con la cosmovisión andina. Esto demanda un enfoque respetuoso y adaptado que reconozca y valore las tradiciones locales. Por ende, la integración cultural y espiritual representa una oportunidad para enriquecer la experiencia religiosa de las comunidades andinas, al proporcionar una plataforma para el diálogo y la colaboración. La promoción de la teología adventista, de una manera que respete y se integre con las tradiciones andinas, puede fortalecer la aceptación y el compromiso.

En conclusión, las creencias andinas sobre el mundo presentan puntos de convergencia con la teología adventista. La cosmovisión andina de la interconexión, la armonía, los ciclos naturales y la dualidad proporciona un marco propicio para la asimilación de la creencia adventista. No obstante, es crucial abordar esta integración con sensibilidad cultural y respeto hacia las tradiciones locales para promover un entendimiento mutuo y una convivencia armoniosa.

Conclusión

El análisis comparativo desarrollado en las secciones precedentes revela convergencias estructurales entre la cosmovisión andina prehispánica y la teología adventista del séptimo día en tres ejes fundamentales: concepción de la deidad suprema, visión del ser humano y estructura del cosmos. Sin embargo, estas analogías son predominantemente formales y no sustanciales, pues descansan sobre marcos ontológicos divergentes.

Las diferencias identificadas representan obstáculos concretos para cualquier intento de contextualización. En primer lugar, la concepción cíclica del tiempo andino (pachakuti) choca frontalmente con la linealidad escatológica adventista. Una cosmovisión que entiende la historia como eterno retorno de eras dificulta la comprensión de una Segunda Venida definitiva y de un juicio final irreversible, elementos centrales de la escatología adventista.

En segundo lugar, la antropología animista que integra al ser humano como órgano de la Pachamama contrasta con la visión bíblica del hombre como mayordomo separado y responsable ante Dios. Esta diferencia ontológica limita la transferencia directa de categorías como pecado (transgresión moral) y redención (restauración relacional). En tercer lugar, el henoteísmo andino, con su panteón subordinado y ritualismo, se opone al monoteísmo exclusivo y a la relación personal con Dios que caracteriza la teología adventista.

Estas divergencias no son meros detalles culturales; constituyen barreras epistemológicas que podrían reducir la efectividad de cualquier estrategia de aproximación si no se abordan con claridad doctrinal. Una integración cultural que priorice las analogías sin explicitar estas diferencias sustanciales corre el riesgo de derivar en formas de sincretismo que diluyan los principios teocéntricos y bíblicos fundamentales del adventismo. El diálogo intercultural, por tanto, debe ser bidireccional y crítico: respetuoso de la cosmovisión andina, pero firme en la preservación de la integridad doctrinal.

Desde el punto de vista académico, el presente estudio abre nuevas líneas de investigación. Sería pertinente realizar estudios empíricos de campo en comunidades andinas adventistas para evaluar en qué medida las convergencias percibidas facilitan o entorpecen la retención doctrinal a largo plazo. Asimismo, resultaría fructífero extender el análisis comparativo a otras cosmovisiones indígenas americanas (maya, azteca o mapuche) con el fin de identificar patrones continentales y refinar modelos de contextualización teológica en contextos pluriculturales. Finalmente, una investigación teológica sistemática sobre los límites éticos y hermenéuticos de la inculturación en el adventismo latinoamericano permitiría establecer criterios más precisos que eviten tanto el rechazo cultural como la dilución doctrinal.

En suma, las convergencias detectadas ofrecen un punto de partida valioso, pero las diferencias estructurales exigen un enfoque riguroso que priorice la fidelidad bíblica por encima de cualquier adaptación superficial. Solo así la teología adventista podrá dialogar con las tradiciones andinas sin comprometer su identidad principal.



[1]. Licenciado en Religión y salud pública. Universidad Peruana Unión, Lima, Perú. Correo contacto principal: jhanfreddy@upeu.edu.pe. https://orcid.org/0000-0001-6799-153X.

 

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