Fecha de recepción: 15 de noviembre de 2025.

Fecha de aprobación: 22 de marzo de 2026.

https://doi.org/10.35997/bphjrd83

 

 

ANÁLISIS EXEGÉTICO DE HECHOS 1:8: BASES BÍBLICAS PARA LA MISIÓN CRISTIANA CONTEMPORÁNEA

Exegetical Analysis of Acts 1:8: Biblical Foundations for Contemporary Christian Mission

David Mamani Esenarro[1]

Resumen

El presente estudio exegético analiza las palabras de Jesús registradas por Lucas en Hechos 1:8, las cuales establecen los elementos esenciales de la misión cristiana tanto para la Iglesia primitiva como para la contemporánea. Se examina el contexto histórico, literario y gramatical del pasaje, profundizando en los términos del texto original, su significado, sus implicaciones teológicas y su relevancia para la misión universal cristiana.

Palabras clave: Espíritu Santo, testigos, cristocéntrico, misión universal.

Abstract

This exegetical study analyzes the words of Jesus as recorded by Luke in Acts 1:8, which establish the essential elements of the Christian mission for both the early Church and the contemporary Church. It examines the historical, literary, and grammatical context of the passage, delving into the terms of the original text, their meaning, their theological implications, and their relevance to the universal Christian mission.

Keywords: Holy Spirit, witnesses, christocentric, universal mission.

Introducción

El libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por Lucas, constituye una pieza clave para comprender los orígenes del cristianismo y su expansión desde Jerusalén hasta los confines del mundo conocido. En este contexto, Hechos 1:8 ocupa un lugar central tanto para el propósito del libro como para la misión cristiana.

La instrucción de Jesús a sus discípulos —“Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (RVR 1960)— sintetiza los pilares de la misión cristiana. El texto no solo presenta la promesa del Espíritu Santo como fuente de poder, sino que también traza el plan de Dios para la expansión del evangelio; además, establece el núcleo del mensaje cristiano.

El presente estudio exegético busca analizar el contexto histórico, literario y gramatical de la perícopa, examinando sus términos en el idioma original, su significado y sus implicaciones teológicas, así como su relevancia para la misión universal.

Estado de arte

El análisis académico de Hechos 1:8 ha sido amplio y ha suscitado un debate exegético, pneumatológico y misiológico de gran relevancia. Desde la perspectiva exegético-gramatical, el comentario de Craig Keener identifica el versículo como la “tesis programática” de todo el libro de Hechos, cuyo contenido se despliega progresivamente en cada episodio narrativo, y ubica la expresión ἕως ἐσχάτου τῆς γῆς en el horizonte geográfico romano del siglo I[2].

En el campo de la pneumatología lucana, Max Turner argumenta que la δύναμις prometida en Hechos 1:8 es específicamente el poder profético para el testimonio, continuación de la acción restauradora del Espíritu en Israel[3], mientras que John Michael Penney demuestra que la pneumatología de Lucas es, en su esencia más profunda, una pneumatología misionológica[4].

Desde la perspectiva misiológica, Ben Witherington III señala que el versículo está enmarcado en el género del discurso de despedida y que la progresión geográfica es también una progresión sociocultural desde lo homogéneo judío hasta lo completamente ajeno gentil[5]. David W. Pao, por su parte, propone que todo el libro de Hechos está estructurado sobre el programa del nuevo éxodo isaiánico, del cual Hechos 1:8 es la declaración inaugural[6]. Finalmente, desde la teología narrativa, John T. Squires demuestra que Hechos 1:8 es la expresión más concentrada del plan soberano de Dios en la historia de la salvación narrado por Lucas.[7]

En el ámbito de la investigación académica adventista, el texto de Hechos 1:8 ha sido objeto de análisis exegético y misiológico en diversas publicaciones especializadas. Klingbeil y Klingbeil, en el Andrews University Seminary Studies[8], examinan las prioridades misionales de la iglesia primitiva a partir de este versículo, proponiendo un modelo normativo para la iglesia contemporánea. Por su parte, Onongha, en el Journal of Adventist Mission Studies,[9] desarrolla Hechos 1:8 como paradigma misional aplicado al contexto africano, demostrando la transferibilidad transcultural del mandato.

Desde una perspectiva sistemática, Doss fundamenta la misiología adventista en la iniciativa divina expresada en este texto, subrayando el papel del Espíritu Santo como agente primario de la misión.[10] En el ámbito de la pneumatología, Mueller analiza la personalidad y deidad del Espíritu Santo en el libro de Hechos, aportando evidencia exegética que respalda el carácter personal y agente del Espíritu en el cumplimiento de la misión.[11]

A pesar de la abundante producción académica sobre Hechos 1:8 —tanto en la tradición exegética no adventista, representada por autores como Keener, Fitzmyer, Turner, Pao, Witherington y Squires, como en la tradición adventista, representada por Klingbeil, Onongha, Doss, Elena G. de White y el Comentario Bíblico Adventista—, se identifican al menos dos vacíos en la literatura existente. En primer lugar, ninguno de los grandes comentaristas ha articulado de manera sistemática e integrada las seis dimensiones teológicas simultáneas que el versículo encierra —pneumatológica, eclesiológica, misiológica, cristológica, metodológica y escatológica—, tratándolas en cambio de manera fragmentada. En segundo lugar, la dimensión escatológica del testimonio – la misión como preparación para el reino eterno e indestructible de Dios (Dn 2:44) – ha sido una presencia marginal en la exégesis académica no adventista y, por lo tanto, constituye la contribución original y distintiva del trabajo actual al diálogo teológico interdisciplinario sobre la misión cristiana contemporánea.

Contexto histórico del título del libro

El libro de los Hechos de los Apóstoles constituye la segunda parte de una obra más amplia que comienza con el Evangelio de Lucas.[12] El libro se ha conocido tradicionalmente como "Los Hechos de los Apóstoles", aunque las copias más antiguas, como el Papiro 45 y el Códice Sinaítico, simplemente lo titulan "Hechos".[13] En este contexto, historiadores como Ehrman sostienen que, a partir del siglo II, surgieron leyendas apócrifas sobre las vidas de otros apóstoles, también llamadas "Hechos".[14] Para distinguir el libro canónico de estos escritos apócrifos, se añadió la palabra "apóstoles" al título, resultando en Hechos de los Apóstoles.[15]

Del escritor

Existen evidencias internas y externas que respaldan la autoría de Lucas. Se le atribuyen el tercer Evangelio y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Su biografía presenta aspectos interesantes que dan cuenta de su vida y legado. Se cree que nació en el siglo I y que era de origen gentil, ya que no era judío según las epístolas de Pablo (Col 4:7-14).[16] La fecha exacta de su nacimiento es desconocida; sin embargo, se cree que Lucas se convirtió al cristianismo tras la conversión de Pablo. Aunque no conoció a Jesús en vida, tuvo la oportunidad de interactuar con los apóstoles y otros testigos de la resurrección de Cristo.[17]

La evidencia bíblica sostiene que Lucas fue compañero y colaborador cercano del apóstol Pablo (Flm 1:24). En sus epístolas, Pablo lo menciona afectuosamente como "el médico amado" (Col 4:14), lo que subraya la relación íntima y de confianza entre ambos. Hendriksen afirma que figuras influyentes como Jerónimo, Eusebio, Orígenes, Tertuliano y Clemente de Alejandría, desde el siglo II d. C. en adelante, sostuvieron esta autoría basándose en la estrecha relación entre Lucas y Pablo.[18] Además, en el inicio de su evangelio, Lucas afirma haber investigado cuidadosamente todos los hechos, lo que sugiere que entrevistó a testigos oculares cercanos a Jesús (Lc 1:1-3).

Por otro lado, la evidencia interna revela que Lucas dedicó su obra a Teófilo, cuyo nombre significa "amigo de Dios" (Hch 1:1; Lc 1:3). Se trata de un personaje desconocido que, para algunos, probablemente fue una figura importante de la corte romana interesada en conocer a Cristo,[19] y para otros, un cristiano que financiaba la obra literaria de Lucas.[20]

Fecha y lugar de escritura

Algunos eruditos han sugerido que los Hechos de los Apóstoles fueron escritos a mediados del siglo II con el propósito de hacer frente al canon sectario de Marción.[21] Sin embargo, la situación histórica, geográfica y política que presupone el libro de Hechos y el conjunto de Lucas-Hechos corresponde ineludiblemente al siglo I, no al II. Esto se evidencia en la apelación de Pablo al César para su juzgamiento (Hch 25:10-12), motivada por su ciudadanía romana (Hch 22:25-28), lo cual sitúa los acontecimientos narrados en el siglo I. 

En este contexto, algunos autores como Carro[22], Kistemeker,[23] admiten la existencia de teorías que sugieren que el libro de los Hechos fue escrito después del Evangelio de Lucas y después del año 70 d. C., cuando Jerusalén y el templo fueron destruidos por los romanos. No obstante, argumentan a favor de que Lucas y Hechos fueron terminados a finales de los dos años que Pablo pasó detenido en Roma, entre el 60 y el 62 d. C., ubicando la fecha más probable antes del año 70 d. C. Esta última posición parece tener argumentos más sólidos.

En cuanto al lugar de escritura, no hay consenso, debido a que no existe ninguna información fiable al respecto. Entre las propuestas, destacan Acaya y Roma como posibles lugares de escritura del libro de los Hechos de los Apóstoles.[24]

Propósito del libro

El libro tiene como propósito principal narrar la formación y expansión de la iglesia cristiana tras la resurrección y ascensión de Jesús. Desde una perspectiva histórica, Hechos documenta el crecimiento del cristianismo desde Jerusalén hasta Roma, la capital del Imperio. Desde un punto de vista teológico, el libro subraya la obra del Espíritu Santo como elemento clave en la vida y misión de los creyentes.[25] Además, debe considerarse que Lucas quería convencer a Teófilo (Hch 1:1-3) de que nada puede detener el avance victorioso del evangelio de Cristo y de que su alcance es universal. El libro demuestra que los apóstoles se esfuerzan por cumplir el mandato de Jesús y que Dios envía al Espíritu Santo para ayudar en este propósito.[26]

Situación sociopolítica y cultural del siglo I

La literatura disponible revela que el siglo I estuvo dominado por el Imperio Romano bajo la dinastía Julio-Claudia y, posteriormente, la Flavia, alcanzando su máxima extensión territorial bajo el gobierno de Trajano.[27] La presencia y el dominio del Imperio Romano en el Oriente Medio desempeña un papel crucial en la narrativa de los Hechos. La Pax Romana,[28] las vías de comunicación y la diversidad cultural del imperio facilitaron la expansión del mensaje cristiano. Sin embargo, los primeros cristianos enfrentaron oposición tanto de las autoridades judías como de las romanas, especialmente bajo el emperador Nerón, ya que fueron considerados una amenaza para el Imperio por cuanto no rendían culto a los emperadores ni a los dioses paganos.[29]

Judea, la cuna del cristianismo, estaba bajo dominio romano, con tensiones constantes entre las autoridades judías y las romanas. Lucas, en sus dos libros, deja claro que el cristianismo surgió como un movimiento dentro del judaísmo. Las primeras comunidades cristianas se desarrollaron en un contexto de persecución, primero por parte de los judíos y, posteriormente, por parte del Imperio Romano.

Los romanos consideraban la religión como un asunto de lealtad al Estado. El culto al emperador (como Pontifex Maximus) y a los dioses romanos era obligatorio para mantener la pax deorum (paz con los dioses).[30] Los cristianos se negaban a rendir culto al emperador o a los dioses paganos, lo que era interpretado como traición y ateísmo (atheotes en griego).[31] En ese contexto, Pablo de Tarso fue fundamental en la expansión del evangelio hacia los gentiles, estableciendo comunidades cristianas en las principales ciudades del imperio, hasta que el cristianismo llegó a convertirse en la religión oficial.[32]

Contexto literario (inmediato) de Hechos 1:8

El texto en estudio se sitúa entre el encuentro de Cristo con sus discípulos tras su resurrección y el desarrollo de la misión encomendada. Para establecer el contexto literario, es necesario considerar los siguientes hechos registrados en los evangelios y en el libro de Hechos: el establecimiento del reino de Dios, las últimas instrucciones de Cristo a sus discípulos después de la resurrección, la promesa del Espíritu Santo y la ascensión de Cristo al cielo.

El establecimiento del reino de Dios

El concepto del reino de Dios ocupa un lugar central en los evangelios y en el libro de los Hechos. Se trata de un tema recurrente en la enseñanza de Jesús y, en última instancia, constituía el propósito fundamental de su misión al venir a este mundo. Mateo registra que Jesús comenzó a predicar diciendo: "Convertíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (Mt 4:17). Jesús invitaba a todas las personas, sin distinción, a pertenecer al reino de Dios (Lc 8:17) y enseñaba los requisitos para pertenecer a dicho reino (Mt 5:3; Lc 18:17)

En los evangelios, el reino de Dios se describe como una realidad que ya ha comenzado con la venida de Jesús, pero que aún espera su consumación. En Mateo, por ejemplo, se utiliza frecuentemente el término "reino de los cielos" (Mt 3:2; 4:17), mientras que en Lucas se destaca su dimensión social y ética, como en la parábola del banquete (Lc 14:15-24). En Marcos, el enfoque está en la acción poderosa de Jesús, quien, mediante milagros y enseñanzas, inaugura el reino (Mc 1:15). Juan, por su parte, subraya la dimensión espiritual del reino, que se vive mediante la fe en Jesús (Jn 3:3-6).[33]

En los escritos de Lucas —el Evangelio y los Hechos— se articula un esquema de promesa-cumplimiento: lo que el Evangelio promete, Hechos comienza a cumplir. El reino de Dios, inaugurado por Jesús en el Evangelio mediante el poder del Espíritu (Lc 4:14-18), se expande universalmente en Hechos a través de ese mismo Espíritu derramado sobre la Iglesia (Hch 1:8; 2:1-4).[34]

Al inicio del libro de Hechos, Lucas resalta las instrucciones de Jesús a sus discípulos sobre el reino de Dios: "apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios" (Hch 1:3), y luego menciona la inquietante pregunta de los discípulos: "¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" (Hch 1:6). Estos pasajes revelan que los discípulos y Jesús tenían una visión distinta acerca del reino de Dios. La respuesta de Jesús, en lugar de satisfacer las expectativas políticas de sus discípulos sobre Israel, les presenta la misión de anunciar el reino de Dios a todo el mundo (Hch 1:8).

Los judíos del siglo I d.C. tenían diversas expectativas mesiánicas, influenciadas por tradiciones bíblicas, contextos políticos y grupos religiosos. Sanders[35] y Charlesworth[36] sostienen que los judíos esperaban un Mesías davídico como guerrero libertador, basado en los Salmos y en profecías como las de Isaías; también esperaban un Mesías como Siervo Sufriente (Is 53). Además, algunos grupos aguardaban un mesías sacerdotal, como en los escritos de Qumrán, o un líder profético semejante a Moisés, e incluso había expectativas de carácter apocalíptico, como en el libro de Daniel. Esta realidad explica la cosmovisión equivocada del Mesías esperado que los discípulos tenían. Aunque reconocían a Cristo como el Mesías que viene de Dios, no habían comprendido plenamente sus enseñanzas.

Después de la resurrección de Jesús

Según Hechos 1:3, Jesús permaneció cuarenta días con sus discípulos después de su resurrección. Durante ese tiempo, se les apareció con pruebas indubitables, es decir, con demostraciones concluyentes y no con simples evidencias circunstanciales. Dichas pruebas consistieron en: 1) que comiera y bebiera con los discípulos (Lc 24:41-43; Jn 21:4-13); 2) su cuerpo real, que Jesús permitió que ellos tocaran (Mt 28:5-9; Jn 20:27); 3) sus repetidas apariciones visibles, incluso ante quinientas personas reunidas (Mt 28:7, 10, 16-17; Lc 24:36-48; Jn 20:19-29; 1 Co 15:6); y 4) sus instrucciones acerca de la naturaleza y las doctrinas del reino de Dios (Lc 24:25-27, 44-47).[37]

El comentario de Elena G. de White aclara el propósito de Jesús al permanecer en la tierra 40 días antes de su ascensión:

 

Durante estos días que Cristo pasó con sus discípulos, obtuvieron ellos una nueva experiencia. Mientras oían a su amado Señor explicando las Escrituras a la luz de todo lo que había sucedido, su fe en él se estableció plenamente. Llegaron al punto de poder decir: “Yo sé a quién he creído” (2 Ti 1:12). Comenzaron a comprender la naturaleza y extensión de su obra, a ver que habían de proclamar al mundo las verdades que se les habían encomendado. Los sucesos de la vida de Cristo, su muerte y resurrección, las profecías que señalaban estos sucesos, los misterios del plan de la salvación, el poder de Jesús para perdonar los pecados: de todas estas cosas habían sido testigos, y debían hacerlas conocer al mundo. Debían proclamar el evangelio de paz y salvación mediante el arrepentimiento y el poder del Salvador.[38]

 

La promesa del Espíritu Santo

Tanto en los evangelios como en el libro de Hechos se menciona la promesa del Espíritu Santo. Mateo registra las palabras de Juan el Bautista: "Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mt 3:11). El evangelista Juan registra la promesa de Cristo antes de su muerte: "Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre" (Jn 14:16). Lucas finaliza su evangelio con las palabras de Jesús: "He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto" (Lc 24:49). Finalmente, Lucas, en el libro de Hechos, desarrolla esta promesa de manera más completa: "Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días" (Hch 1:4-5). En este contexto aparece el texto en estudio.

En resumen, la promesa del Espíritu Santo es un elemento central tanto en los evangelios como en el libro de Hechos. Jesús mismo hizo énfasis en esta promesa y dio instrucciones precisas para su cumplimiento, la cual implica un empoderamiento divino, consuelo y presencia permanente de Dios en la vida de sus seguidores.

La ascensión de Cristo

Parte del contexto inmediato de Hechos 1:8 se relaciona con la ascensión de Cristo al cielo. El texto dice: "Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos" (Hch 1:9). Se trata de un acontecimiento trascendental, pues constituye la condición necesaria para el cumplimiento de la promesa anunciada (Jn 16:7). Dicha ascensión fue visible y confirmada por los ángeles celestiales (Hch 1:9-10).

Los escritos de Elena G. de White sostienen que este evento sería la señal de Dios de que sus promesas se cumplirían, como se aprecia en la siguiente cita:

 

 

La ascensión de Cristo al cielo fue la señal de que sus seguidores iban a recibir la bendición prometida. Habían de esperarla antes de empezar a hacer su obra. Cuando Cristo entró por los portales celestiales, fue entronizado en medio de la adoración de los ángeles. Tan pronto como esta ceremonia hubo terminado, el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos en abundantes raudales, y Cristo fue de veras glorificado con la misma gloria que había tenido con el Padre desde toda la eternidad. El derramamiento pentecostal era la comunicación del Cielo de que el Redentor había iniciado su ministerio celestial. De acuerdo con su promesa, había enviado el Espíritu Santo del cielo a sus seguidores como prueba de que, como sacerdote y rey, había recibido toda autoridad en el cielo y en la tierra, y era el Ungido sobre su pueblo.[39]

Análisis exegético de Hechos 1:8

Este análisis se aborda desde tres perspectivas: un análisis gramatical del texto en el idioma original griego, la estructura y los temas principales del versículo, y su interpretación teológica.

El texto en griego y su traducción al español (RVR 1960)

El análisis exegético que sigue se basa en el texto griego establecido por la edición de Frederick H. A. Scrivener, The New Testament in Greek: According to the Text Followed in the Authorized Version, de la cual proviene la traducción española Reina – Valera 1960. El texto griego fue accedido a través de Logos Bible Software. Las referencias gramaticales y lexicográficas se basan en Daniel B. Wallace, Greek Grammar beyond the Basics, y en Walter Bauer et al., A Greek – English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, 3ª ed. En este estudio no se realiza una comparación entre el texto crítico y el Textus Receptus, dado que en Hechos 1:8 no se presentan variantes que ameriten una atención especial

ἀλλὰ λήμψεσθε δύναμιν, ὅταν ἐπέλθῃ τὸ πνεῦμα τὸ ἅγιον ἐφ’ ὑμᾶς· καὶ ἔσεσθέ μοι μάρτυρες ἐν τε Ἰερουσαλήμ, καὶ ἐν πάσῃ τῇ Ἰουδαίᾳ καὶ Σαμαρίᾳ, καὶ ἕως ἐσχάτου τῆς γῆς.”[40]

“Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Estructura, palabras y frases importantes de Hechos 1:8

"Recibiréis poder" (δύναμιν λήμψεσθε)

El término δύναμιν (dýnamin), sustantivo acusativo singular, se traduce como "poder, fuerza, capacidad para hacer algo".[41] Indica poder sobrenatural para cumplir una tarea, no fuerza física. Este término aparece con frecuencia en el Nuevo Testamento para describir el poder milagroso de Dios actuando en el mundo (Lc 24:49). En este versículo implica que los discípulos no actuarán en su propia fuerza, sino con la capacidad que solo el Espíritu Santo puede otorgar.

La palabra λήμψεσθε es la forma de futuro indicativo medio-deponente de λαμβάνω “recibir”. Al tratarse de un verbo deponente, su forma media no implica necesariamente un matiz reflexivo, sino que es la forma estándar del futuro de este verbo en griego koiné. Sin embargo, el contexto narrativo sugiere que los discípulos eran receptores activos y conscientes del don prometido.[42]

"Cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo" (ἐπελθόντος τοῦ ἁγίου πνεύματος ἐφ’ ὑμᾶς)

La construcción ἐπελθόντος τοῦ Ἁγίου Πνεύματος ἐφ' ὑμᾶς constituye un genitivo absoluto: el participio aoristo ἐπελθόντος y su sujeto implícito τοῦ Ἁγίου Πνεύματος están en caso genitivo y son gramaticalmente independientes del sujeto principal de la oración. Esta construcción expresa una condición temporal previa “cuando... haya venido”. El verbo ἐπέρχομαι “venir sobre, descender sobre” está compuesto de ἐπί + ἔρχομαι, y su matiz preposicional subraya la dimensión de irrupción soberana y descendente del Espíritu, apuntando al evento de pentecostés (Hch 2).

La frase τοῦ Ἁγίου Πνεύματος puede desglosarse de la siguiente maneraἉγίου está en forma de genitivo singular del adjetivo ἅγιος, que se traduce como "santo", y su función es modificar a πνεύματος.

El adjetivo Ἁγίου concuerda gramaticalmente con Πνεύματος en genitivo singular neutro. La personalidad del Espíritu Santo no se deduce directamente de este sintagma, pero sí del conjunto del pasaje, donde actúa como agente que “viene sobre” (ἐπέρχομαι) y capacita (δύναμις), funciones propias de una persona y no de una fuerza impersonal.[43]

"Me seréis testigos" (ἔσεσθέ μου μάρτυρες):

La palabra clave aquí es μάρτυρες, que aparece en forma nominativo plural de μάρτυς. Traducida como "testigo", esta palabra tiene una doble connotación: en un sentido legal, implica dar testimonio de la verdad; en un sentido cristiano, llegó a asociarse con el martirio, debido a la disposición de los creyentes a dar su vida por Cristo. Este término destaca la responsabilidad de los discípulos de proclamar con valentía el mensaje de Jesús.[44]

El pronombre μου “de mí” funciona como genitivo objetivo, indicando que Cristo es el contenido esencial del testimonio: los discípulos no testifican sobre sí mismos sino de Él. Esta construcción gramatical fundamenta directamente la dimensión cristocéntrica de la misión.

“En Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (Ἰερουσαλὴμ..., Ἰουδαίᾳ..., Σαμαρείᾳ..., ἐσχάτου τῆς γῆς)

Jerusalén: el nombre proviene del hebreo Yerûshâlayim, que significa "posesión de la paz" o "fundada en paz"; en griego, Hierosóluma e Hierousalḗm. Es la capital religiosa de Israel y el epicentro del judaísmo desde los tiempos del rey David. Actualmente es una de las ciudades más importantes del mundo y la ciudad santa de tres grandes religiones: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Para los judíos es el lugar del templo y la capital de la nación; para los cristianos, el escenario del sufrimiento, la muerte, la resurrección y la ascensión de Jesucristo; y para los musulmanes, el lugar tradicional del ascenso de Mahoma al cielo.[45]

Toda Judea: las tres referencias a Judea en el Antiguo Testamento (Esd 5:8; 7:14; Dn 5:13) deberían leerse "Judá", puesto que el nombre "Judea" es la forma latinizada del griego Ἰουδαία (Ioudáia).[46] Es la región de Palestina al sur de Samaria, habitada mayormente por judíos. Después de la división del reino de Israel, la región se había convertido en un reino independiente y, para los tiempos de Jesús, el reino de Judea tenía casi el mismo tamaño que el territorio controlado por el rey David. Después de la muerte de Herodes (4 a. C.), el reino se dividió, y Judea con Samaria quedaron bajo el gobierno de su hijo Arquelao. Cuando este fue depuesto por mala administración (6 d. C.), la región dejó de ser gobernada por gobernantes locales y fue puesta bajo la administración provincial romana.[47]

Samaria (Σαμαρείᾳ): pueblo mestizo, descendiente de israelitas y asirios, con una profunda rivalidad religiosa hacia los judíos (Jn 4:9). Estaba situada a 55 km al norte de Jerusalén y a 11 km al noreste de Siquem, en el territorio de Manasés. La ciudad fue fundada por el rey Omrí hacia mediados del siglo X a. C. y se convirtió en la capital del reino del norte de Israel durante más de dos siglos. Omri compró a Sémer la montaña en cuya cima se edificó la ciudad por dos talentos de plata (1 Ry 16:23-24). Fue durante la época de los reyes cuando Israel se dividió en dos reinos: el reino del norte de Israel, con Samaria como capital, y el reino de Judá, con Jerusalén como capital. Esta división se produjo después de la muerte del rey Salomón, cuando sus hijos Roboam y Jeroboam disputaron el trono. Jeroboam se convirtió en el rey de Israel y estableció su capital en Samaria.[48]

Hasta lo último de la tierra (ἕως ἐσχátου τῆς γῆς): denota una extensión geográfica que trasciende las fronteras de Israel. Sobre esta expresión, Schnabel afirma que refleja una concepción romana del mundo del siglo I, en la que España era considerada el extremo occidental. Esto explica por qué Pablo planeaba ir a España (Ro 15:24), vinculando la frase con la expansión del evangelio hasta los límites del imperio. Asimismo, la expresión se conecta con el Salmo 19:4 (LXX) ("hasta los confines de la tierra sus palabras"), lo que muestra que Lucas presenta a la iglesia como el cumplimiento de la promesa de universalidad.[49]

La experesión ἕως “hasta” funciona aquí como preposición de límite espacial ("hasta"), y que ἐσχάτου es genitivo singular del adjetivo superlativo ἔσχατος "el último, el más remoto", lo que acentúa la idea de alcance máximo e ilimitado.

Interpretación Teológica de Hechos 1:8

Desde una perspectiva teológica, el texto en estudio se constituye como el fundamento que integra múltiples dimensiones teológicas: pneumatología, eclesiología, misiología, soteriología y escatología. A continuación, se explora cada uno de estos aspectos.

El espíritu Santo y la misión

El Espíritu Santo es presentado como la fuente de poder que transforma a los discípulos de seguidores temerosos en testigos valientes. En este sentido, el Espíritu Santo es el agente primario de la misión. Fee concluye que el Espíritu Santo no es un poder impersonal, sino el agente divino que capacita la misión.[50] Por su parte, Dunn afirma que la δύναμις del Espíritu es el sello distintivo de la misión apostólica.[51]

Las afirmaciones de Elena G. de White complementan el papel del Espíritu Santo en el cumplimiento de la misión:

 

La presencia visible de Cristo estaba por serles quitada a los discípulos, pero iban a recibir una nueva dotación de poder. Iba a serles dado el Espíritu Santo en su plenitud, el cual los sellaría para su obra. “He aquí –dijo el Salvador–, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre ustedes; pero ustedes permanezcan en la ciudad de Jerusalén, hasta que sean investidos de potencia de lo alto (Lc. 24:49).[52]

 

La Iglesia y la misión

Al aceptar seguir a Cristo, las personas se convierten en discípulos y pasan a formar parte de la Iglesia. Por lo tanto, cada miembro de la Iglesia tiene la responsabilidad de ser un testigo de Cristo. En este sentido, Fitzmyer afirma que la evidencia textual "me seréis testigos" (μάρτυρες) enseña que el testimonio no es opcional, sino constitutivo de la identidad eclesial.[53] La identidad de la Iglesia está definida por su función testimonial. Para Bock, el testimonio no es una función opcional, sino la esencia de la Iglesia.[54] Asimismo, para Bosch, la identidad eclesial está ligada inseparablemente al testimonio.[55] Elena G. de White afirma que “todo verdadero discípulo nace en el reino de Dios como un misionero. El que bebe del agua viva llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador…”.[56] Todas estas declaraciones concuerdan y amplían con el mensaje de Hechos 1:8.

Universalidad de la misión

La evidencia textual "Jerusalén... Judea... Samaria... lo último de la tierra" revela no solo una progresión geográfica, sino también cultural. El evangelio trasciende barreras étnicas y culturales: rompe el particularismo judío al incluir a los samaritanos —enemigos étnico-religiosos— y a los gentiles. Refleja el cumplimiento de Isaías 49:6 (LXX): "Luz para las naciones…". La estructura geográfica revela un plan divino de inclusión universal.[57] La referencia a "lo último de la tierra" refleja el carácter inclusivo del evangelio. En este sentido, Jesús rompe las barreras étnicas, culturales y geográficas, mostrando que el mensaje de salvación es para todas las naciones. Jerusalén simboliza el punto de partida, mientras que "lo último de la tierra" señala la dimensión global de la misión cristiana.

 

Una misión cristocéntrica

La expresión "Me seréis testigos" revela que el centro del evangelio es Cristo, y que la misión consiste en testificar de Él a todo el mundo. En este sentido, Ladd afirma que el mensaje se centra en la persona de Jesús, vinculando su resurrección con el establecimiento del Reino.[58] Del mismo modo, Marshall sostiene que Cristo es tanto el objeto como el sujeto del testimonio, y que el testimonio apostólico es esencialmente cristocéntrico.[59] Stott, por su parte, concluye que la misión tiene su fundamento en la persona de Cristo. [60] En conclusión, Hechos 1:8 constituye la base para la teología cristocéntrica de la misión.

La teología de la dependencia

La misión depende del poder divino, no de los recursos humanos. La expresión "recibiréis" encierra un concepto teológico según el cual la misión es una iniciativa divina y el quehacer misionológico también depende del poder divino. Wallace sostiene que el modo del término verbal "recibiréis" enfatiza la iniciativa divina en la misión.[61] En consecuencia, para Fitzmyer, la capacitación misionera es un don y no un logro.[62] Las declaraciones de Elena G. de White confirman esta verdad:

 

La obra encomendada a los discípulos requeriría gran eficiencia; porque la corriente del mal que fluía contra ellos era profunda y fuerte. Estaba al frente de las fuerzas de las tinieblas un caudillo vigilante y resuelto, y los seguidores de Cristo podrían batallar por el bien sólo mediante la ayuda que Dios, por su Espíritu, les diera.[63]

 

Implicaciones teológicas de Hechos 1:8

En general, Hechos 1:8 es un versículo central tanto para el libro de los Hechos como para la misión cristiana. Su importancia radica en que el texto establece una visión y unos principios para el cumplimiento de la misión y la expansión del mensaje del evangelio más allá de las fronteras de la comunidad inmediata. Esta visión fue la base para la iglesia primitiva y lo sigue siendo para la iglesia de hoy.

Implicaciones pneumatológicas

La presencia del Espíritu Santo forma parte del plan de salvación de Dios. El mandato de esperar la venida del Espíritu Santo no era casual ni exclusivo para el siglo I, sino una estrategia divina establecida para todo tiempo y para la iglesia contemporánea.

La dependencia del Espíritu Santo no es opcional. Sin el poder del Espíritu Santo es imposible cumplir la misión de Dios.

La presencia del Espíritu Santo no reemplaza la responsabilidad del ser humano en el cumplimiento de la misión; más bien, es el instrumento por el cual lo capacita, lo equipa con dones espirituales y lo acompaña.

La prioridad para los discípulos y para la iglesia no es hacer la misión, sino recibir el poder del Espíritu Santo para llevarla a cabo. El éxito en el cumplimiento de la misión se logrará cuando los discípulos de Cristo sean primeramente bautizados por el Espíritu Santo. En este sentido, conviene citar las declaraciones de Elena G. de White:

Mañana tras mañana, cuando los heraldos del Evangelio se arrodillan delante del Señor y renuevan sus votos de consagración, él les concede la presencia de su Espíritu con su poder vivificante y santificador, y al salir para dedicarse a los deberes diarios, tienen la seguridad de que el agente invisible del Espíritu Santo los capacita para ser colaboradores juntamente con Dios.[64]

 

Implicaciones misionológicas

Hacer la misión es un mandato divino. Dios es el primer misionero, y los seres humanos somos únicamente copartícipes. En este sentido, Hechos 1:8 se convierte en otro hito en el plan misional de Dios y se conecta con la afirmación de otros escritores de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento (Gn 12:1-3; Is 25:5-8; Mt 28:19-20; Ap 10:11; 14:6).

La misión es universal, no local. El texto establece las bases para la misión mundial, al igual que Mateo 28:19-20 y Apocalipsis 10:11; 14:6.

La misión es transcultural e inclusiva por definición. No es solo para Jerusalén: todas las culturas del mundo deben ser alcanzadas con el mensaje de salvación, incluyendo a Samaria.

Dar testimonio en otras culturas requiere contextualización. Se puede inferir a partir de Hechos 1:8 que, en un mundo con diversidad cultural, la contextualización es necesaria, sin que ello implique abandonar los principios cristianos.

Implicaciones cristológicas

El mandato consiste en testificar de Cristo, lo cual implica hablar de su vida santa, su muerte, su resurrección, su ministerio sacerdotal, su segunda venida, su amor, entre otros aspectos.

El mandato de testificar incluye hacer discípulos de Cristo; dicho de otro modo, hacer cristianos. Un verdadero cristiano refleja el carácter de Cristo en su vida.

Cristo es el centro del plan de salvación de Dios. Él vino a buscar y salvar a los perdidos, murió para pagar la culpa de la humanidad y se hizo garante y mediador de los pecadores ante Dios. Por estas razones, no hay salvación ni misión sin Cristo.

 

Implicaciones metodológicas

La estrategia misionera debe ser progresiva: ha de comenzar en el entorno próximo y luego extenderse gradualmente a todo el mundo. Esta verdad enseña que la obra misionera comienza en el hogar, con los nuestros —hijos, cónyuge, familiares cercanos, etc.—.

La preparación de la iglesia y el discipulado son indispensables y no deben omitirse. El ejemplo de Cristo es el modelo: Él capacitó, acompañó y equipó a sus discípulos con la presencia del Espíritu Santo, y luego los envió a realizar la misión.

Otro elemento que no puede descuidarse es la planificación. Cristo trazó un plan para que sus discípulos lo ejecutaran. No es posible movilizar a la iglesia sin una planificación adecuada; es necesario invertir tiempo en ella.

Implicaciones escatológicas

El mandato de Cristo de testificar anuncia la restauración definitiva del reino de Dios, que es todavía futura: un reino eterno que jamás será destruido (Dn 2:44).

La misión consiste en preparar vidas para el reino eterno de Dios, y su garantía es el sacrificio de Cristo y la presencia del Espíritu Santo.

El poder transformador actual del Espíritu Santo es un anticipo de la transformación definitiva escatológica.

Implicaciones eclesiológicas

La identidad de la iglesia se define por la misión. La iglesia existe para llevar a cabo la misión: eso es lo que marcó el inicio del cristianismo. La idea de crear grandes congregaciones centradas en los cultos y las ceremonias constituye una desvirtuación del plan original de Dios.

La iglesia debe superar las barreras étnicas y culturales —judíos, samaritanos, gentiles—; no hay excusa para excluir del campo misionero ninguna cultura o nación.

La misión universal genera diversidad; ante esta realidad, es necesaria la unidad, pero no la uniformidad.

El liderazgo de la iglesia debe ser eminentemente misional. Existe un peligro constante en la iglesia de Cristo: el de reemplazar un liderazgo misional por uno más institucional y religioso.

El modelo pastoral debe ser el modelo de Cristo, que es el discipulado orientado a la misión.

La mayor necesidad de la iglesia en todos los tiempos —incluido el presente— sigue siendo la misma: el poder del Espíritu Santo. Sin él, todos los esfuerzos, las estrategias más sofisticadas, las inversiones millonarias e incluso la participación de una multitud de voluntarios carecen de poder y no producen resultados genuinos.

Discusión

El presente estudio exegético de Hechos 1:8 se inscribe en un amplio consenso académico internacional que reconoce en este versículo la declaración más concentrada de la teología misionera del Nuevo Testamento. La convergencia entre los hallazgos del presente artículo y los resultados de la exégesis académica no adventista —representada por autores como Keener, Fitzmyer, Turner, Fee, Bosch, Witherington, Pao y Stott— no solo valida metodológicamente el análisis aquí desarrollado, sino que evidencia que la comprensión adventista de la misión cristiana, fundamentada en el poder del Espíritu Santo y orientada hacia la universalidad del evangelio, representa una contribución coherente y sólidamente fundada al diálogo teológico ecuménico. Al mismo tiempo, el presente estudio ofrece aportes propios que enriquecen el debate: el desarrollo sistemático de las implicaciones teológicas multidimensionales del versículo y, de manera especialmente significativa, la articulación de su dimensión escatológica como horizonte que da sentido último a la misión universal de la Iglesia, en la perspectiva del reino eterno de Dios que no será destruido jamás (Dn 2:44).

Los aportes de los autores adventistas que han abordado Hechos 1:8 confirman y enriquecen las conclusiones del presente estudio desde ángulos complementarios. Onongha demuestra que la estructura geográfica del versículo constituye un paradigma misional de validez universal, cuya aplicabilidad trasciende el contexto del siglo I y alcanza contextos tan diversos como el África contemporánea, validando la tesis del artículo sobre la universalidad e inclusividad de la misión. Doss, desde la misiología sistemática adventista, amplía la perspectiva escatológica al vincular el mandato de Hechos 1:8 con el llamado de Apocalipsis 14:6, subrayando que la misión adventista tiene como horizonte la proclamación universal del evangelio antes de la parusía —dimensión que el presente artículo esboza y que merece una exploración más desarrollada—. Finalmente, Mueller ofrece el respaldo exegético más preciso para la pneumatología del versículo, demostrando que el Espíritu Santo en el corpus lucano actúa consistentemente como persona divina con voluntad y agencia propias, lo cual fundamenta la tesis central del artículo de que la misión es, en su naturaleza más profunda, una iniciativa trinitaria. En conjunto, estos autores adventistas convergen con las implicaciones neumatológicas, misiológicas, eclesiológicas y escatológicas desarrolladas en el presente estudio, al tiempo que ofrecen perspectivas complementarias que enriquecen el diálogo académico sobre uno de los textos fundacionales de la misión cristiana.

Conclusiones

El impacto del mandato de Jesús registrado en Hechos 1:8 sobre la iglesia primitiva fue poderoso. Este versículo sirvió como recordatorio constante de la misión universal de los creyentes. Los apóstoles y sus discípulos enfrentaron persecución, dificultades y oposición, pero confiaron en el poder del Espíritu Santo para cumplir el mandato de ser testigos. Además, el énfasis en la inclusión de todas las naciones rompió barreras étnicas y culturales, estableciendo un modelo de unidad y diversidad que sigue vigente en la iglesia.

En la actualidad, Hechos 1:8 continúa siendo un pilar para la misión global de la iglesia cristiana. Este versículo inspira a los creyentes a asumir el llamado de ser testigos en sus comunidades locales y en todo el mundo. Subraya asimismo la dependencia del Espíritu Santo para llevar a cabo esta misión, recordando que el éxito no depende de estrategias humanas, sino de la obra divina.

Por otro lado, la progresión geográfica de Jerusalén a “lo último de la tierra” sigue siendo un modelo práctico vigente. En términos contemporáneos, puede interpretarse como un llamado a alcanzar primero a nuestras familias y comunidades, luego a nuestras regiones y, finalmente, a las naciones. Muchas organizaciones misioneras utilizan este patrón como base para sus estrategias de evangelización.

Hechos 1:8 no solo marcó el comienzo de la expansión cristiana, sino que también encapsula el corazón del evangelio: un mensaje de salvación para todas las personas en todo lugar. Este versículo desafía a vivir como testigos, confiando en el poder del Espíritu Santo y abrazando la misión de llevar el mensaje de Cristo a un mundo que sigue necesitando esperanza y redención.

El presente estudio confirma que Hechos 1:8 no constituye un texto aislado, sino que se integra en una teología misional coherente que recorre todo el canon bíblico: desde Génesis 12:1–3, pasando por Isaías 49:6, hasta Apocalipsis 14:6. Esta perspectiva canónica enfatiza que la misión de Dios antecede a la existencia de la iglesia, que la iglesia es su instrumento privilegiado y que su consumación posee un carácter escatológico.

Recomendaciones para futuras investigaciones

Basándose en el análisis exegético realizado y la discusión sobre la literatura académica, se sugieren las siguientes líneas de investigación para futuros estudios: (1) La recepción de Hechos 1:8 en la teología misionera adventista: un análisis histórico-teológico. (2) La inclusión de Samaria como paradigma para la misión intercultural en contextos de conflicto social. (3) Hechos 1:8 y la misión digital: ¿pueden considerarse los medios virtuales como "los confines de la tierra"? (4) El testimonio (μαρτυρία) en Hechos como categoría teológica y su relevancia para la eclesiología posmoderna. (5) Análisis comparativo de Hechos 1:8 con Mateo 28:19-20: convergencias y diferencias en la teología de la misión lucana y mateana.

 



[1]. Mg. en Teología. Universidad Peruana Unión, Lima, Perú. Correo contacto principal: davidesenarro@upeu.edu.pe. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-1648-4893.

 

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